Rebelión en las aulas

Según el último informe anual del Defensor del Profesor -al parecer hay uno- la conflictividad y la violencia en las aulas escolares sufrió un repunte en el curso 2013/14. Por poner unos ejemplos de lo que señala el estudio, un 14% de las denuncias registradas se refiere a conductas agresivas de los estudiantes, el 25% a problemas para dar clases y un 28% de los 3.345 docentes que se quejaron fue por recibir acoso y/o amenazas de los padres de los alumnos.

En líneas generales, el informe retrata una situación triste y patética donde el profesor parece un pobre tentetieso en el que volcar la falta de educación y el exceso de frustraciones de una sociedad que va perdiendo las formas tras haber prescindido de los valores. Un tentetieso que, en un 10% de los casos, amenaza con no levantarse y abandonar la profesión.

El asunto es gravísimo. Aún más cuando aquí seguimos hablando de temas tan “urgentes” como la independencia de Cataluña, el ánimo de Messi o el sexo de los ángeles. ¿Cómo le va a importar a nadie lo de la educación si los parlamentarios estatales no dan cuenta de sus viajes “de trabajo” y no se monta una revolución?

A la postre, da la impresión de que, para políticos y padres, la educación es tan solo una fase más de la vida en la que lo importante es mantener ocupados a niños y adolescentes.

Un dato harto curioso de dicho informe es que por primera vez el acoso de los padres supera al de los alumnos. Aquellos, a menudo, tienen la impresión de que los profesores son, más que sus sirvientes, auténticos siervos con contrato de vasallaje. Mientras las cosas van bien, rara vez ocurre nada; pero, ¡ay si el chaval comienza a vaguear, trastear o, Dios no lo quiera, suspender! El señor feudal, llamado padre, se creerá con derecho a castigar al maestro.

Este asunto, insisto que dramáticamente preocupante, es considerado por Inmaculada Suárez, defensora del Profesor -supongo que la misma del informe, aunque no estoy seguro-, como “actos en contra de la convivencia”. ¿Cómo conciliar el acoso, el insulto y la agresión física con la idiotez del lenguaje políticamente correcto?

Cualquier acción gratuita contra una persona, siguiendo con la analogía anterior, es, sencillamente, una felonía. ¡Qué convivencia ni qué ocho cuartos! Son faltas de respeto, actos inmorales, quizás delictivos, intolerables en una sociedad presuntamente civilizada.

Si además hablamos de un profesor, autoridad moral, responsable de la educación -el bien más preciado de una sociedad democrática, por mucho que lo nieguen actos y leyes- del alumno, el acto es un ultraje, un absoluto desprecio a las normas humanas más básicas. Es atentar contra toda lógica, contra cualquier principio jurídico, contra la ley natural que, por ahí perdida, se supone subyace debajo de todo este invento que llamamos civilización occidental.

Pero nada, ahí está el informe, para ser ignorado por gran parte de los medios de comunicación y por toda la clase política. Nadie moverá un dedo mientras los cimientos de nuestra democracia continúan desmoronándose a una velocidad de vértigo.

¿Qué quieren conseguir con esta dejadez, con este constante desprecio al docente, al sistema educativo, al alumno que, algún día, será un ciudadano?

dmago2003@yahoo.es