¡Qué largo es el cine!

Cuando alguien pretende defender la descarga ilegal de películas, el argumento más utilizado es que los precios de las entradas son altísimos. Así se justifica el no pagar nada, el infringir la ley para satisfacer las ganas y necesidades de entretenimiento.

Dicha amoralidad encaja a la perfección con el éxito de la Fiesta del Cine. Poner las entradas a 2,90 euros atrae a las salas a masas de personas ansiosas de disfrutar de pantalla grande a precio de saldo. Aficionados al séptimo arte hay muchos, pero no tantos que estén dispuestos a pagar un precio, el español, que es inferior al que te encuentras, por ejemplo, en Budapest, Dublín o Londres.

Es la historia de nunca acabar. Como la gran mayoría de las películas que se estrenan en los últimos tiempos. Aparte del presuntamente alto precio de las entradas, uno de los grandes males del cine actual es que los filmes son larguísimos, más largometrajes que nunca. Quizás porque ya no hace falta película sino que todo es digital, quizás por la escasez de sabios productores y buenos directores, quizás porque importa la cuenta de resultados y no el resultado final, hoy en día es difícil ver un solo estreno sin bostezar alguna vez o, cuando menos, terminar cansado en la butaca buscando alguna postura más cómoda.

“El juez”, estrenada el viernes pasado, cuenta una historia de juzgados donde un tramposo y avaricioso abogado tiene que volver a su pueblo natal para defender a su padre, juez de la localidad desde hace muchísimas décadas y ahora acusado de asesinato.

El dramón familiar añade intensidad a un filme que cuenta con las eficaces interpretaciones de Robert Downey Jr. y Robert Duvall en un duelo interpretativo que sostiene y da lustre a la trama principal. Entre los dos consiguen atrapar al espectador.

Por eso da igual que el retorno a la patria chica cumpla con todos los tópicos del subgénero. O que los personajes secundarios estén pésimamente dibujados o, sencillamente, desdibujados por completo. Con dos estrellas actuando bien, esos detalles se olvidan fácilmente.

Lo que resulta insoportable es que la película se extienda hasta los 141 minutos cuando apenas tiene material para un telefilme modesto. El director, David Dobkin, encuentra así espacio y tiempo para mostrarnos lo maravilloso que es mientras menudean los bostezos y aumenta la incomodidad de la butaca.

Si a eso unimos los eternos minutos de publicidad y tráilers que preceden al eterno metraje y, en caso de haber ido a la Fiesta del Cine, el tiempo perdido en la interminable cola, nos enfrentamos a un espectáculo que deja de tener encanto para encontrar su esencia en lo soporífero. Estas películas tan largas no hay quien las soporte.

Quizás por eso, aparte de por otras mil razones como la amoralidad que impera, la gente decida quedarse en casa y no pagar por lo eterno. “El juez”, en principio una interesante recomendación pero a la postre un bodrio sin fin, seguramente sea mucho más intensa si podemos parar para ir al baño o a la nevera o si podemos pasar rápido las escenas sin interés.

Para la gran mayoría cualquier excusa es buena para no ir al cine y solo el precio bajísimo es aceptable para ir. ¿Cuántos años le quedan a este negocio?

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