Niebla

Cuando Unamuno escribía cosas como “Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi Dios un Dios español, del de Nuestro Señor Don Quijote; un Dios que piensa en español y en español dijo: ¡sea la luz!, y su verbo fue verbo español” estaba sentenciando al olvido a su propia obra.

Don Miguel de Unamuno, pura contradicción, fue el escritor más sincero y directo de su época, un maestro del idioma, de la paradoja, de la crítica analítica y sintética, un genial poeta, un espléndido filósofo y un soberbio narrador. Pero, como digo, era demasiado sincero y directo, sobre todo en sus miradas a lo español potencial frente a lo español real. Sus palabras, de deslumbrante lucidez, siguen siendo harto incómodas, sobre todo para los que están al frente del cotarro.

Por eso, 78 años después de su muerte, no tenemos unas obras completas de Unamuno donde, aparte de su obra literaria, se recojan sus innumerables artículos sobre las vergüenzas de sus contemporáneos. Por eso Unamuno se ha visto reducido a ser un simple nombre en los libros de texto, encuadrado en una generación más -aunque la suya fue la grandiosa-, sobre el que se dan dos o tres títulos de obras y dos o tres lugares comunes que reducen prodigiosamente a un genio inabarcable.

Unamuno fue poeta respetado, considerado por los del 27 como uno de sus maestros. Como filósofo sigue siendo objeto de estudio serio y sistemático en otros países. Como narrador, junto a Baroja, impulsó muchísimas más novedades y variaciones que Proust, Joyce y otros que vinieron detrás. Sus novelas se engullen con facilidad y deleite, con enorme disfrute. Pero a Unamuno ya no se le lee… porque incomoda.

Probablemente la obra maestra de Unamuno sea “Niebla”, inconmensurable novela de infinitos méritos que cuenta una historia cualquiera sobre Augusto Pérez, que nace cuando se enamora y que muere cuando descubre que tan solo es un personaje de ficción. Augusto Pérez no es nadie pero al tiempo es todos nosotros. Es Unamuno pero no lo es. Es un personaje tan plano como profundo, una soberbia y antitética creación hija del más contradictorio de los escritores.

“Niebla”, un siglo después, tiene un vigor único. Es uno de esos libros que te atrapa con su fuerza, tanto argumental -sin tener argumento- como idiomática. Su prosa, poderosa, arrambla con todo según avanza, sugiere, piensa, invita a la reflexión y conmociona. Todo envuelto en ese extraño sentido del humor unamuniano, siempre un tanto amargo.

En esta “nivola” -soberbio camelo con el que Unamuno se ríe de la crítica- hay más vanguardia que en cualquier otra obra artístico-literaria del siglo XX. El poder del idioma, del pensamiento, del infinito ingenio de su creador, la convierten en una obra única en mil y un sentidos.

Por eso resulta increíble que “Niebla”, obra cumbre de la literatura universal, no sea de lectura obligatoria en la enseñanza española. Resulta descorazonador elucubrar si Unamuno, hoy, seguiría alardeando de españolismo.

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