Memorables: Caballero sin espada

Que el momento cumbre de una película, lo que los americanos llaman “the final battle”, transcurra en una sesión del Senado de los Estados Unidos y que la secuencia sea un alarde de tensión dramática, diálogos y heroicidad es algo al alcance de muy pocos. Frank Capra lo logró con Caballero sin espada, drama político de enorme carga crítica.

El filme cuenta la historia de Jefferson Smith, un hombre humilde que es elegido para sustituir a un senador porque se piensa que será alguien fácilmente manipulable. pero Smith, un americano cualquiera, tras dejarse engañar por su buena voluntad, no caerá en la corrupción que, según el filme, anega hasta el último rincón de Washington D.C. Por eso mismo es un filme que ha ganado con el paso del tiempo; es el máximo alegato contra la corrupción política que se haya hecho en cualquiera de las artes.

Como muchas otras de las películas que Frank Capra rodó para potenciar el New Deal de Roosevel, Caballero sin espada comienza como comedia pero termina sumergida en un drama intenso donde se vende la bondad del americano medio frente a la avaricia de los poderosos. Cine político pero en el que prima la historia sobre el mensaje. Es decir, puro cine.

Con esta película James Stewart logró su primer gran papel. Junto a él, espléndidos compañeros de reparto como Claude Rains, Jean Arthur, Thomas Mitchell y una larga lista de secundarios de lujo. En los años 30 Hollywood era una magnífica cantera de grandes intérpretes.

Pero lo que siempre quedará en la memoria colectiva es ese enfrentamiento final del héroe contra todo el Senado, un enfrentamiento sin aparente carga dramática pero que el guión de Sidney Buchman y la dirección de Frank Capra consiguieron elevar a la altura de acción y tensión de cualquier duelo de western o cualqueir batalla de cine bélico.

Aparte, como suele suceder con Capra, el filme roza en todo momento lo ñoño, lo cursi, lo excesivo, pero sin traspasar nunca la barrera del buen cine. Ningún director ha sabido jugar tan bien con lo dulzón sin llegar nunca a ser empalagoso.