Inhumanidades

Aunque le queden un par de años vida y no sepamos cómo será el engendro que la sustituya, la Selectividad -irónico nombre para un examen que aprueba más del 90% de los alumnos- es el único baremo que poseemos para ver quién estudiará esta o aquella carrera. No estaría de más aprender de otros países, donde al expediente académico se unen otros datos -prácticas laborales, labores humanitarias, actividades ajenas a la disciplina seleccionada, etc.- de cara a poder elegir universidad.

La nota final de acceso a la universidad se obtiene a partir de cierto galimatías estadístico: es el resultado del 60% de la nota media en Bachillerato y el 40% de la prueba general de Selectividad -media de las calificaciones obtenidas en Inglés, Lengua y Literatura, Filosofía o Historia (hay que elegir una, no se hacen las dos) y una cuarta asignatura a elegir-. Esta nota sobre diez puede ser mejorada con hasta cuatro puntos fruto de dos calificaciones de la parte específica de Selectividad.

Es decir, se hacen, voluntariamente, otros dos exámenes, cuya nota se multiplica por un coeficiente de 0, 0,1 o 0,2 según la carrera a la que se aspire. Así hasta un máximo de 14 puntos. Pues bien, Física cuenta más para acceder a Administración y Dirección de Empresas que, por ejemplo, Literatura Universal, también de menor valor frente a Biología si lo que se quiere estudiar es Derecho.

Vivimos en el imperio de la razón instrumental, aquella, según Habermas, en la que el método y los principios de las Ciencias Naturales se imponen a los de las Ciencias Humanas y Sociales. Literatura Universal ni siquiera alcanza el coeficiente máximo para carreras tan peregrinas como Relaciones Laborales y Recursos Humanos.

A esta tiranía de la Tecnociencia contribuye aún más la nueva ley educativa, la LOMCE. Filosofía tan solo será obligatoria en 1º de Bachillerato. Ni siquiera será troncal en la rama de Artes de 2º. Total, ¿para qué? La Filosofía es tan solo una comedura de tarro que invita al pensamiento profundo y al diálogo constante de Sócrates o Gadamer. Es una disciplina que despierta muchas preguntas pero da pocas respuestas, algo tremendamente peligroso si queremos abortar cualquier atisbo de espíritu crítico en el futuro ciudadano.

El problema, aparte de en esa razón instrumental que domina el mundo, es que muchos filósofos optan por el camino más oscuro, bien porque no saben muy bien de qué hablan, bien porque así mantienen su disciplina como coto vedado. En ambos casos están firmando su propia sentencia de muerte, porque la Filosofía no tiene por qué ser más oscura que la Física o la propia Biología.

En España, empero, tenemos espléndidos filósofos con prestigio en el extranjero pero ignorados por el gran público y marginados por los poderes universitarios españoles. Uno de ellos, Miguel García-Baró, es una figura reconocida en Alemania, Israel, México, Colombia y muchos otros países. Aparte de magnífico filósofo, es un intelectual de primer nivel con mesura y capacidad crítica para observar, analizar, emitir juicios y, ante la cruda realidad, desesperarse a pesar de ser un filósofo de pensamiento esperanzador.

García-Baró es un pensador de primer nivel, un intelectual a la antigua, con un conocimiento amplio, diverso, profundo, siempre abierto a crecer. Es un excelso divulgador, como ha demostrado en su intento de escribir una historia de la Filosofía breve y clara en su seriedad, ajena a reduccionismos engañosos y los tópicos instalados en los libros de texto. Acaba de entregar el tercer libro de este proyecto, “Descartes y herederos”, para acercarnos a una época decisiva para entender el pensamiento moderno y contemporáneo.

El prólogo de este libro es un alarde de sabiduría, pues retrata el trasfondo filosófico e histórico de la Reforma en unas pocas páginas con mayor lucidez que cualquier otro libro que haya leído en castellano. Es una obra de primer nivel que pasará desapercibida.

Así somos en España: consideramos que la Física es más importante para un empresario que Shakespeare de la misma manera que consideramos al bardo inglés menos idóneo para un abogado que la Biología. Y, mientras tanto, talentos descomunales de la rama de Humanidades quedan ocultos en el bosque de nuestra podredumbre moral e intelectual. Así somos, y así podemos hacernos una idea de lo que nos depara el futuro.

P.S.: Ana María Matute ha muerto. Gran escritora, aunque no de mis favoritas, fue una intelectual de primer nivel y ejemplar en su forma de entender la vida. Los periódicos se han volcado en su despedida, para así tener un nombre más que añadir a los libros de texto mientras su obra quedará en el limbo de lo no leído, cuando no descatalogado.

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