¿Una nueva era?

Resultó harto simbólico que el rey Juan Carlos I sancionara la ley de su propia abdicación el mismo día en que la selección de fútbol de Del Bosque terminase un glorioso ciclo con una contundente derrota frente a Chile. Se ve que los astros se conjugaron para unir dos hechos tan memorables como rememoradores de que con el tiempo las cosas se transforman, las fuerzas se agotan y los cambios devienen en completamente necesarios.

Felipe VI es oficialmente rey de España desde este jueves 19 de junio. El primer día después de la derrota de Iker Casillas, Xavi y demás miembros de la selección española. Surge así inevitable el asunto de si estamos ante un cambio de ciclo, de era, de si definitivamente el nuevo monarca liderará un giro radical en esta nación nuestra tan atribulada en lo económico, tan débil en lo social, tan mediocre en lo político, tan huérfana en lo intelectual… y tan grande en lo deportivo a pesar del partido del miércoles.

La llegada de Felipe VI no debe convertirse en un mero propósito de Año Nuevo, a saber, un simple buen deseo de cambio que termine en nada en cuanto se acaben los fastos que lo han convertido en nuestro jefe de Estado. Si realmente fuésemos un país civilizado, democrático y dinámico, habría que aprovechar el acontecimiento histórico para cambiar las muchas cosas que no funcionan, desde el sistema partitocrático hasta el insostenible funcionamiento del mercado laboral, pasando por la administración de justicia, el edificio educativo y demás instituciones que conforman el estado que, no olvidemos, es la otra cara de la sociedad que, a su vez, necesariamente debe transformarse de paciente en agente.

En la recepción que el nuevo rey, y su reina -de todo tiene que haber en el reino de los cielos-, se congregaron lo que se supone es lo más granado de nuestra querida España. Había de todo. Pero, entre todos los asistentes, sobresalía, por estatura y señorío, Pau Gasol, espléndido jugador de baloncesto y mejor persona. Sin duda alguna, el ejemplo paradigmático y conspicuo de esa parte de la nación que, mediante esfuerzo, determinación y sentido común, ha llegado a lo más alto.

Junto a él había algunos miembros de su misma España, la joven y esperanzadora, y muchos más de la vieja, tan desesperante. Quizás el comienzo del cambio podría consistir en imitar el ejemplo de todos esos deportistas españoles -Nadal, Márquez, Navarro, Mireia Belmonte, Jennifer Pareja, Barrufet, Puyol, Iniesta, etc.- que han conseguido mucho desde el trabajo y la humildad.

Es ahí donde se encuentra la respuesta a todos nuestros problemas: esfuerzo, constancia, voluntad y determinación. Algo que, lamentablemente, no suele ser noticia más que en la sección de deportes pero que, por lo que observo, también abunda en el secreto del anonimato de la vida cotidiana de esos muchos españoles que se esfuerzan por prosperar y que, tristemente, han terminado dando la espalda a lo público, a lo político, porque es algo indigno de merecer la más mínima atención.

Espero sinceramente que Felipe VI suponga el inicio de una nueva era. Para ello habrá que acabar con los seculares vicios nacionales y sustituir lo presunto conspicuo por la excelencia real. Algo que, desde luego, se debería iniciar desde una reforma constitucional seria y profunda que conllevase un referéndum que, desde luego, iba a ganar la monarquía por ausencia de rival.

Y habrá que hacerlo pronto, porque si no las selecciones rivales -de otros países o del nuestro- nos comenzarán a pasar por encima si es que no lo están haciendo ya con mofa y befa.


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