Papanatismo necrólatra

Un esqueleto, en su tumba, es un conjunto de huesos. Sin más. Si además tiene 400 años, seguramente se encuentre en un pésimo estado de conservación. Un buen libro, por el contrario, es algo vivo, lleno de sentido y de poder reconfortante. Si hablamos de uno tan genial como El Quijote, estamos ante un ejemplo de genialidad, sabiduría y, sobre todo, inmortalidad.

En la última semana ha vuelto a ser noticia la búsqueda de los restos de don Miguel de Cervantes, muerto ha mucho tiempo pero vivo en la gran mayoría de sus creaciones. Además, dicha busca ha destacado porque, de momento, tan solo se han encontrado 30 nichos donde podría encontrarse lo que queda de lo que ya no es Cervantes, escritor que, por otro lado, sigue vivo, mucho más que la mayoría de nosotros, en Alonso Quijano y Sancho Panza.

Valga este ejemplo para volver a retratar nuestro país. Algunos defienden la iniciativa como un buen impulso para el turismo, como sucede con la tumba de Shakespeare, sita en Stratford-upon-Avon, lejos de todo, y no en una iglesia de Madrid cercana a los museos del Prado, Thyssen y Reina Sofía. Otros, por su parte, afirman la necesidad de “encontrar” a Cervantes por puro sentido patrio. Aunque en realidad poca gente lo lea, de las pocas cosas que nunca hemos perdido en España es, precisamente, El Quijote.

Esta búsqueda, que tanta atención mediática atrae -es decir, seguirá adelante-, cuesta un dinero que vendría de perlas a los arqueólogos españoles, tan necesitados de financiación como todas las tareas que no lucen en pantalla. Buscar el esqueleto de Cervantes es tan necio como pensar que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra, tan “absurdo como un belga por soleares”.

Pero nada, a seguir buscando la tumba del autor de la más grande novela de la literatura universal con permiso de “Anna Karénina”. Dicha búsqueda, en sí, no tendría mayor alcance espiritual y ético si no fuese por la repercusión mediática, por esa decepción que muchos medios de comunicación han mostrado porque tan solo se encontraron indicios de la presencia de 30 nichos en lugar de la mismísima momia de Tutankamón. ¿En qué creen que consiste eso de desenterrar muertos? ¿Esperan, acaso, que Cervantes se ponga a andar en plan zombie como Lenin en aquel episodio de Los Simpsons?

En España nos encanta este tipo de noticias, estas naderías, sobre todo si tienen que ver con algunos muertos. Quizás por eso mismo abundan estos días las manifestaciones en las que ondean banderas tricolores de la 2ª República, banderas sin sentido histórico y con el mismo peso que pensar que la tumba de Cervantes va a arreglar el turismo madrileño. La ruta del Quijote, por el contrario, sí que mueve viajeros y dinero en Castilla La Mancha.

Por último, este amago de jugar a Indiana Jones en versión “Bienvenido Mr. Marshall” también desvela esa pasión coja y parcial que sentimos hacia unas pocas figuras de nuestro pasado. Necrolatría coja, la nuestra. ¿Sabe alguien dónde están enterrados Góngora, Galdós o Unamuno? ¿Se acuerda alguien de Espronceda, Valera o Madariaga? ¿Cómo vamos a financiar el mantenimiento de nuestro amplísimo patrimonio arqueológico?

Nada de esto importa… porque ya tenemos Mundial en marcha. Durante estos días, hasta Don Quijote podrá descansar en paz.

dmago2003@yahoo.es