La última de los X-Men

Nunca he entendido muy bien de qué va eso de la posmodernidad. Algo tendrá que ver con esta era caótica que predijo Giambattista Vico hace tres siglos. Lo cierto es que ya nada tiene mucho sentido y es difícil ver nada de la realidad sin sentir gran desazón espiritual e, incluso, malestar físico. La realidad, más que superar la ficción, ha tornado en algo fofo y amorfo que da la misma importancia a la búsqueda infructuosa de unos huesos, al Mundial de fútbol o la absoluta ausencia de diálogo público sobre el modelo del estado.

Por eso, más que nunca, son necesarios los refugios del cine, de la literatura, del ocio cultural en general. Por eso mismo, gran parte de lo que vemos en la gran pantalla poco o nada tiene que ver con lo cotidiano. Aún más, muchas veces los zombies, robots, alienígenas o superdotados del séptimo arte tienen más de humano que los homo sapiens que pueblan las calles. Algo así como lo que Samuel Johnson afirmó sobre las criaturas de Shakespeare, pero sin la genialidad del mayor escritor que vieron los siglos.

El pasado fin de semana vi “X-Men: Días del futuro pasado”, enésima entrega cinematográfica de las aventuras de la antaño denominada Patrulla X. Es un buen filme, con muchos efectos especiales, con disfraz de peli de acción pero con mucho de melodrama. Tiene más de epopeya homérica que de cómic, y eso se agradece aun cuando estemos hablando de mutantes.

En este caso -con un profesor X resucitado sin que se explique por qué; cuando investigas en la web la explicación apenas tiene sentido, sobre todo cuando sigue en silla de ruedas; muy posmoderno, supongo- los X-Men del inmediato futuro, unidos en una inopinada alianza en torno a Magneto y el Profesor, envían a Lobezno a los años 70 para evitar la extinción de mutantes y humanos por culpa de unos indestructibles centinelas.

Así, de nuevo el viaje en el tiempo es el leitmotiv de una película. En los 70 se reunirán los principales personajes para intentar destruir a un bienintencionado mas irresponsable inventor, Bolivar Trask, encarnado en Peter Dinklage, uno de los más interesantes actores de la actualidad. Junto a él, los X-Men jóvenes, a saber, Michael Fassbender, James McAvoy, Jennifer Lawrence y el incombustible Hugh Jackman. Habrá tiros, explosiones, algunas persecución… efectos, efectos y efectos. Una superproducción con todos los elementos necesarios para el éxito.

Pero, en realidad, “X-Men: Días del futuro pasado” trata del alma humana, de su capacidad para amar y odiar, de las posibilidades que da la existencia para cambiar nuestro destino y reconciliarnos con el mundo y la vida, con todos los elementos que, sin mutantes, compondrían un interesante argumento con tintes éticos y existenciales. Lo mejor de la factoría Marvel es que sus personajes son tan reales como la vida misma.

Esta, de momento, última entrega de X-Men es una bonísima película, entretenida a pesar de su excesivo metraje, un caótico viaje del futuro al pasado que sirve parar que cada personaje se enfrente a su destino con individualidad y, a la vez, sentido de conjunto. Todo muy posmoderno.

Lo curioso es que esta película está recaudando sustanciosos beneficiosos en todo el mundo. La batalla, entonces, no está perdida. Aunque, de momento, la gente no se dé cuenta de que, en esta ocasión, el emperador no está desnudo.

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