Al filo del mañana

En parte por los propios avances técnicos relacionados con el cine, en parte por la crisis creativa, en parte porque la realidad cotidiana debe de resultar poco atractiva a los ejecutivos de Hollywood, en parte porque es un género que no requiere excesiva coherencia interna -lo que permite jugar con el guión sin excesivo o ningún rigor- lo cierto es que la ciencia ficción se ha convertido en uno de los principales géneros de los grandes estrenos del siglo XXI.

Al filo del mañana es el nuevo vehículo del incansable Tom Cruise, que sigue dándole vueltas, sin conseguirlo, a aquello de conseguir la película redonda. De nuevo nos encontramos con una peli donde su presencia es constante, aunque en este caso no resulta tan estomagante como en otras ocasiones.

Ahora se nos presenta como un militar que puede revivir una y otra vez la misma batalla contra unos extraterrestres invasores que quieren colonizar la Tierra a costa de eliminar toda la vida humana. El punto de partida, así, es el mismo de Atrapado en el tiempo, solo que aquí al tema se le quiere dar una base de ciencia ficción que, además, sirve de trampa para el felicísimo final, que no sé si habría sido el mismo de tener distinto protagonista.

Claro que cualquier parecido entre la de Bill Murray y esta de Cruise acaba en lo de despertar una y otra vez en el mismo momento de su existencia. Aquello era una comedia donde se desarrollaba magníficamente un personaje y aquí el arco de cobarde a valeroso es tan plano como los personajes que acompañan al prota.

Sin embargo, Al filo del mañana consigue mantener el interés del espectador a partir de una trama, basada en el ensayo-error, que construye correctamente los pasos hacia la victoria final. Otra cosa es que, como siempre que una peli toca el tema del tiempo, el asunto no supere el más mínimo análisis crítico.

Al filo del mañana es otra de esas películas que se estrenan ahora. Sin más. Tiene unos espléndidos efectos especiales y se puede ver. Como dura menos de dos horas, no aburre.

Y, carente por completo de humor, resulta divertido ver cómo Emily Blunt le come pantalla y protagonismo a Tom Cruise.

El género, me da, se va agotando. Seguramente porque ahora no tiene la magia de antaño, cuando se podía pensar que esas cosas que se veían en la pantalla podían llegar a ser reales algún día. O, más bien, todo reside en que ahora la más mínima verosimilitud no es cuestión que importe a los que pretenden obtener beneficios a costa del cine.