¿Somos ciudadanos?

Andrew Johnson, presidente de los Estados Unidos tras el asesinato de Abraham Lincoln, afirmó que “la vida de república reside en la energía, la virtud y la inteligencia de sus ciudadanos”. Entiéndase república en su sentido amplio, el de englobar a todos los miembros de un Estado democrático, y no en el reducido y mutilado con el que solemos utilizarlo en España.

Lo que Johnson, no precisamente un santo, pretendía decir tiene mucho de cierto: la buena salud de una democracia depende del nivel de sus ciudadanos que, en cualquier caso, deben conocer cómo funciona el sistema y participar activamente en él. Ya dijo Rousseau que desde el momento en que un solo ciudadano se desmarque de los asuntos políticos de su comunidad, esta está perdida.

Aprovechando la abdicación de Juan Carlos I, he conseguido hablar de política con esa gente que suele pasar del tema. La llegada de Felipe VI ha permitido que la gente se abra a un tema candente, de gran actualidad. La principal conclusión a la que he llegado es que la gran mayoría de los habitantes de España apenas saben cómo funciona nuestro Estado, qué narices dice la Constitución. ¿Podemos afirmar que nuestro país está alfabetizado democráticamente?

El asunto es mucho más preocupante cuando hablas con estudiantes de colegio o universidad. Los votantes de nuevo cuño, y los que lo serán en breve, apenas saben distinguir qué es un Jefe de Estado y qué un Primer Ministro, confusión a la que contribuye el que en España a este lo llamemos Presidente.

Tampoco se sabe a ciencia cierta en qué consiste esa República que muchos reclaman. ¿Queremos una república a la alemana o a la francesa? ¿Qué poderes tendrá un potencial presidente de la República? ¿Qué poderes, qué misión, que responsabilidad tienen nuestros monarcas? Son preguntas que, casi siempre, se responden con cara de póker y un leve encogimiento de hombros.

En el actual sistema educativo español apenas se dedica tiempo a la educación política y jurídica de nuestros chavales. Tampoco es que avancemos mucho en otras materias, pero el alumno que deviene en ciudadano a los 18 años apenas sabe de qué va todo eso de la Monarquía, el Congreso, las Autonomías o los Municipios. Pocos saben siquiera que aún existen Diputaciones Provinciales. Realmente, ¿están preparados para afrontar con seriedad y buen juicio el derecho a votar en unas elecciones o en un referéndum?

Asisto alarmado a la creciente pujanza de la asignatura de economía. Cada vez tiene más importancia en el currículum de muchos colegios. Pero nadie habla de crear una asignatura seria, y exigente, sobre los valores constitucionales y unos principios mínimos de derecho, especialmente de su vertiente política. Así no se construyen ciudadanos, sino meros y complacientes votantes.

¿Somos ciudadanos? Hablar con la gente sobre temas políticos suele resultar harto frustrante, porque se ignoran cosas básicas como qué narices significa la Constitución del 78, una gran desconocida para la gran mayoría de las personas con derecho al voto.

No escribo esto para negar a nadie el derecho a votar. Ni mucho menos. Pero si realmente queremos convertirnos en una auténtica democracia, deberíamos hacer algo para convertirnos, la mayoría, en auténticos ciudadanos. Así, por ejemplo, aprenderíamos que todo derecho conlleva una responsabilidad.

Y, para empezar, deberíamos comenzar desde abajo, para que los nuevos votantes, en lugar de apolíticos confesos, recuperasen el instinto rebelde y reformador que caracteriza a la juventud desde la energía, la virtud y la inteligencia. La primera viene de propio; la segunda, desde un cambio social; y la tercera, desde el conocimiento.

Como dijo Franklin D. Roosevelt: “Una democracia no puede prosperar salvo que los votantes puedan elegir sabiamente. La garantía de la democracia, por tanto, es la educación”.

Una utopía.

dmago2003@yahoo.es