Felipe VI y los cambios

Escribir sobre cine cuando Juan Carlos I acaba de abdicar parece una frivolidad, sobre todo cuando la sucesión en el trono ha despertado de su letargo al espíritu republicano. Que una abdicación, realizada con mesura y oportunidad, provoque inmediatas manifestaciones por la III República demuestra una vez más que España es diferente.

A primera vista, cualquiera con un mínimo de sentido racional podría apostar por una república. Las monarquías parecen cosa del pasado y, sobre todo, nuestros monarcas no surgen de las urnas, sino de una tradición en la que se encuentran personajes de la calaña de Fernando VII o tan veleidosos e inconstantes como Isabel II o Alfonso XIII.

Pero, tras un mínimo análisis, uno deja inmediatamente de sentirse republicano. En primer lugar, porque los que antier aparecían pidiendo un cambio en el modelo de Estado eran, en su mayoría, representantes de una izquierda tan rancia como el despotismo ilustrado. Aparte, Inglaterra, los Países Bajos y Suecia son monarquías con muchos elementos de los que podríamos y deberíamos aprender. Mejor el modelo de Isabel II que el de Maduro.

En segundo lugar, si prescindiésemos de los Borbones deberíamos elegir un presidente de la República. Y ahí también sigue ganando el viejo modelo, porque no me apetece demasiado un país con Rajoy o Zapatero de jefes del Estado, y mucho menos una dinastía aznarí. Bien pensado, Felipe de Borbón y Grecia parece mucho mejor preparado que cualquiera de nuestros políticos para ejercer las funciones que le corresponderán a partir del 18 de junio.

Además, después de haber leído esta mañana El País, donde Juan Carlos aparecía como una especie de santo varón sin tacha, donde el periódico nacional más supuestamente cercano a lo republicano se asemejaba a una hagiografía, uno deduce que hay que conformarse con lo que hay. Después de todo, como escribí hace algunos años, de todas las muchas cosas que hay que reformar en España, lo de la Monarquía es lo menos urgente.

La llegada al trono de Felipe VI apunta a que será el momento elegido por nuestra partitarquía para reformar de una maldita vez nuestro texto constitucional. De momento, hay que cambiar el artículo 57.1 -inconstitucional pues va contra el artículo 14 del mismo texto; de nuevo Spain is different- para asegurar que la infanta Leonor será Princesa de Asturias aunque le nazca un hermano varón.

Aprovechando esta circunstancia, se podrían mejorar otras cosas, comenzando por el Título VIII y todos los dislates que impiden que tengamos una mejor legislación electoral. Como han dicho casi todos los medios, con Felipe VI comienza una nueva era. Espero que sea verdad.

Comenzando, por ejemplo, con la manera con la que los medios de comunicación tratan al Rey. Lo de El País de esta mañana es una confirmación de la bula con la que ha jugado Juan Carlos I a lo largo de sus 39 años de reinado. Se han tapado escándalos de todo tipo para que nada salpicase al Jefe del Estado, por otro lado irresponsable ante la ley como dice el artículo 56.1 de la Constitución. Ante la ley, que no ante la opinión pública.

Espero sinceramente que Felipe VI sea mejor rey que su padre. Y que evite que Cayo Lara y demás intenten impulsar una república de izquierdas, como pretenden. Pero deben cambiar muchas cosas aparte del nombre del monarca para que España mejore como país, como sociedad, como estado presuntamente civilizado. Hay que ser optimistas y resignarse a lo que venimos siendo pues, después de todo, llevamos siglos sobreviviendo a los Borbones y a lo que Salvador de Madariaga denominaba nuestro primigenio espíritu de autodestrucción.

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