Memorables: Sabrina

En 1995 Sydney Pollack estrenó su remake de “Sabrina”, filme estrenado en 1954 por Billy Wilder. Prácticamente la misma historia, adaptada a los 90, y, sin embargo, mucho peor que la primera. Pollack era un buen director. ¿Entonces? Estas dos películas ejemplifican a la perfección esos nosequés que conforman el arte, que no se perciben y por tanto dificultan enormemente la explicación de lo bueno sobre lo malo.

Hay una evidencia notable. Audrey Hepburn como Sabrina es muy superior a Julia Ormond. Esta es mona, guapa, incluso sofisticada, pero le falta la capacidad para llenar pantalla de aquella. Hepburn II, a pesar de su fragilidad anoréxica, era un dechado de delicadeza, de vulnerabilidad, una estrella fulgurante que, en manos de Wilder, hacía delicias interpretativas.

En la de Pollack resulta lógico que Harrison Ford le robe la chica a Greg Kinnear. En cambio, resulta bastante improbable que Humphrey Bogart consiguiese nada a costa de William Holden. Hay, por tanto, mayor heroicidad en la versión original. El cuento de hadas, así, se refiere más al protagonista masculino que a la hija del chófer. Este fue, probablemente, el peor papel de Bogart pero, empero, Bogart siempre fue mucho Bogart.

Aparte de lo dicho, “Sabrina”, la de Billy Wilder, la única, era una delicia de guión que mejoraba enormemente gracias a la fotografía en blanco y negro. Wilder, discípulo de Ernst Lubitsch, maneja los elementos cinematográficos con una enorme sutileza, dando, quizás, más importancia a lo que no se dice, a lo que no vemos, que a lo evidente.

Es difícil explicar con palabras por qué “Sabrina” la del 54 es tan superior a la del 95. La experiencia estética escapa al lenguaje. Y, sin embargo, la espléndida comedia dramática de Wilder, con su final tan improbable, es una delicia que debe ser vista con devoción. El remake, desde su germen, fue completamente innecesario.