Goyas de avería

Shirley Temple, la niña que en la década de los 30, de los 6 a los 10 años, fue el súmmum de la taquilla, acaba de fallecer. Tras su fulgurante estrellato, Shirley Temple luchó para intentar mantener su condición estelar pero, con algunas honrosas excepciones, solo mostró sus carencias interpretativas. Por eso se retiró del cine con 21 años, un alarde de sabiduría existencial y profesional.

El cine español, por el contrario, sigue sin aprender. Acabamos de asistir a otros Goya desperdiciados, y uno no termina de explicarse cómo nadie es capaz de utilizar tan mal una herramienta promocional de infinito potencial.

La gran noticia que nos dejaron los Goya es que a la gala no asistió José Ignacio Wert, ministro de Cultura. Da la impresión de que su ausencia fue más importante que todo lo demás. Que Wert se rajase fue un acto deplorable. Darle publicidad fue absurdo, comercialmente ridículo, mercadotécnicamente un tiro en el pie.

Otra gran noticia fue que la película con más premios, “Las brujas de Zugarramurdi”, no fue la gran triunfadora. En 1972, “Cabaret” ganó ocho Oscar, pero no el de mejor película -al que sí aspiraba-, que fue para “El Padrino”, que ganó otros dos. La cuestión escandalosa de estos Goya es que ni Álex de la Iglesia ni su película optaban a los premios a mejor director y película. ¿Mera casualidad o rencor de la Academia del cine hacia el que fuera su presidente? Es difícil encontrar una imagen más nefasta y, al tiempo, más reveladora.

Por fin, la tercera gran noticia fue que el Goya a la mejor película fue para “Vivir es fácil con los ojos cerrados”, de David Trueba, director que se ha lamentado amargamente por haber dejado de ser un sempiterno perdedor de premios. Buena e irónica manera de aceptar un galardón por alguien que, desde su debut con “La buena vida”, no ha sido precisamente un acaparador de espectadores.

Al margen de estas tres “grandes” noticias, los Goya -presentados por una cara televisiva de manera tan bochornosa como un mal filme español- volvieron a mostrar a unos personajes que, aunque ahora se visten mejor y más glamurosamente que hace una década, siempre se muestran malencarados porque las cosas no les van bien. El espíritu cainita y tristérrimo de lo español se imponen a la alegría que debería imperar en la gala.

La protesta ante la subida del IVA al 21% es lógica, perfectamente defendible. Pero cansa sobremanera que esta gente, que va de intelectual, no deje de quejarse pidiendo más dinero público cuando apenas lo hay para pagar Educación y Sanidad. E irrita que lo hagan cuando no hacen películas que interesen a nadie, español o extranjero, salvo algunas comedias, como la de Álex de la Iglesia, o algunas de miedo, como “Mamá”, película hispano-canadiense del año pasado, no candidata a los Goya, y que solo en Estados Unidos ha recaudado más de 70 millones de dólares.

Así, los Goya 2014 tan solo han servido para que le tengamos aún menos estimación al señor Wert, para mostrar las miserias personales de la Academia y para que el gremio cinematográfico nacional haya vuelto a dar una imagen pedigüeña sin el menor atisbo de sentido autocrítico. ¿Por qué, a falta de subvenciones, no hacen cine que interese a alguien?

De momento, este espectáculo anual del cine español resulta tan ridículo como la interpretación de Shirley Temple en “Fort Apache”, una de sus últimas películas. La actriz, poco después, tuvo la decencia de dejarlo. Cosa que no ocurrirá con los miembros de una inexistente industria que no funciona y que de nacional tan solo tiene el adjetivo.