Morboso puritanismo

En 1992 Mia Farrow descubrió unos desnudos fotográficos de su hija adoptiva, Soon Yi, que había realizado Woody Allen. Así terminó la relación entre la actriz y el director, que a partir de entonces ha seguido ligado sentimentalmente a la chica, que por aquel entonces tenía alrededor de 20 años. Es decir, Allen comenzó una relación con una joven que había sido adoptada por su pareja, lo que no impidió que más adelante fuese agasajado y reconocido por medio mundo.

Fue en aquella misma época cuando Mia Farrow acusó a Allen de haber abusado sexualmente de otra de sus hijas adoptivas, Dylan, cuando esta tenía 7 años. El escándalo pasó de largo hasta hace algunas semanas, cuando la propia Dylan rescató la gravísima acusación con una confesión personal publicada en un blog del New York Times. De nuevo se ha vuelto a hablar del tema, y Woody Allen, como hace más de 20 años, lo ha negado categóricamente, ahora en una carta publicada por la edición electrónica del mismo periódico.

“Manhattan” es probablemente la mejor película del genio de Brooklyn. En ella un cuarentón se enamora de una joven de 17 años. Algo cerca de “Lolita”, aunque Mariel Hemingway estaba bastante lejos de acercarse a lo que Nabokov definió como nínfula. El filme, sea Allen o no un pedófilo, es una obra maestra.

De nuevo nos encontramos con el viejo problema de las relaciones de ética y estética. Pero, como dice la filósofa Luisa Haro, la cuestión no es si queremos casarnos o no con Woody Allen, sino si nos gustan o no sus películas. Pablo Picasso y Charles Chaplin, por poner dos ejemplos de dos genios del siglo XX, tuvieron unas vidas turbulentas y, en ocasiones, sospechosas, pero eso no quita un ápice de calidad a su obra artística.

Aparte, en todo este asunto de aparente puritanismo hay mucho más de morbo periodístico que otra cosa. El que Woody Allen se liase con la hija de su pareja es moralmente reprobable. Pero eso no le ha costado el rechazo social. Ahora vuelve a la palestra la posibilidad de un tenebroso asunto que, de ser cierto, llevaría al director a la cárcel. Pero no hay pruebas ni, que se sepa, posibilidad cercana de juicio. En cualquier caso, el asunto ha despertado el interés del gran público, lo que sin duda sirve para vender más periódicos. El morbo vende, sobre todo si nos fingimos puritanos indignados.

De manera análoga, ahora acusan a Julia Roberts de haber provocado el suicidio de su hermanastra por hacer constantes críticas a su sobrepeso, lo que supondría dar una vuelta completa a su papel en “La pareja del año”. Una muerte y la posible culpa de una estrella alimentan perfectamente el morbo que debe caracterizar a un escándalo del siglo XXI.

En dos de los tres casos mencionados estamos hablando de meras posibilidades. Si lo de Dylan fuera cierto, la justicia norteamericana debería tomar medidas. Si lo de Julia Roberts es cierto, debería ser la sociedad la que debería darle la espalda. Como no se hizo con Woody Allen por tener una relación con la hija de su novia. Es más, Soon Yi le acompañó a Oviedo cuando acudió a recoger su premio Príncipe de Asturias.

Bonita manera esta de ser puritanos cuando conviene al engorde de un escándalo. Woody Allen, como persona, no es santo de mi devoción. Como director, me parece uno de los grandes. Y de todo este escándalo redivivo quizás la principal víctima sea Cate Blanchett, gran favorita para los próximos Oscar, una actriz que tan solo pasaba por allí. Así funciona la ética del nuevo siglo.

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