Laminando

Cuando estudiaba COU, allá por los 80, me enseñaron que la Edad de Plata de la Literatura española comenzaba con la generación del 98 y terminaba en 1936, cuando la Guerra Civil se llevó todo por delante (1), incluyendo la más esplendorosa etapa de la intelectualidad española. En los años 30 convivían por acá personajes como Unamuno, Machado, Baroja, Madariaga, Pérez de Ayala, Emilio Carrere, Valle Inclán, Jardiel, Muñoz Seca, Pedro Salinas, Gregorio Marañón, Josep Pla, Américo Castro y un eterno etcétera.

En los libros de texto, cuando menos, la Edad de Plata se reduce ahora a la generación del 27, aquel movimiento literario que nació en plena dictadura de Primo de Rivera al ritmo que marcaba “La deshumanización del arte” proclamada por Ortega. En un cuarto de siglo hemos cercenado gran parte de nuestro patrimonio cultural para alabar las grandezas de una poesía fría, vanguardista, elitista.

Se sabe poco de la LOMCE. Sobre todo en lo que a contenidos se refiere. Por lo que se puede adivinar, tampoco van a cambiar mucho. La Lengua seguirá siendo una asignatura técnica que alejará a los alumnos de la competencia lectora, la corrección a la hora de escribir y la capacidad para razonar y emitir juicios críticos bien estructurados y mejor argumentados. Se intuyen buenas intenciones, pero no los medios para mejorar las cosas.

Peor aún me parece la nula intención de intentar cambiar las mentiras que se siguen enseñando en las escuelas desde hace demasiado tiempo. La educación española sigue siendo tan laminadora como afirmaba Pío Baroja. Por eso gran parte de la obra de Galdós, Unamuno o los Machado se puede trasladar a nuestros días sin grandes cambios.

Por ejemplo, en el poema “El mañana efímero” de Machado -poema lucidísimo en todo menos en su título, pues ese mañana que anunciaba breve aún continúa vivo- leemos una “España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y alma inquieta” que se parece enormemente a la nuestra, la que actualmente respiramos, salvo que ahora somos devotos de Cristiano y Belén. Continuamos siendo, a la postre, una España que “ora, bosteza y embiste”.

Pero estas no son las verdades que se enseñan en los colegios. La generación del 98, que nunca existió como tal pero que engloba a algunos de nuestros mejores escritores de siempre, ahora -Selectividad incluida- se considera algo menor, el reverso tenebroso del Modernismo. Ya no hay obligación de leerles, de pensarles, de aprender de ellos… porque se supone que hay más verdad y enjundia en el “Romancero gitano” o en “Marinero en tierra”.

Esta indignidad es, en definitiva, otra grandísima mentira, de las muchas que adornan todo lo referente a las Humanidades en el colegio, donde la Historia y la Literatura son un cúmulo de lugares comunes, de medias verdades, de mentiras escandalosas.

Aunque peores son las muchas sombras que ocultan verdades como, por ejemplo, los asesinatos de Prim, Cánovas, Canalejas o Dato. O la obra de Madariaga o Blasco Ibáñez. O el rechazo con que muchos acogieron la celebración del 27 en plena dictadura.

Cuando hice 3º de BUP la Literatura aún no estaba ligada a la Lengua, era una asignatura autónoma. Solo la daban los de Letras. Curiosamente, el temario incluía a Shakespeare y no a Lope de Vega. Ahora, el bardo inglés no aparece por ninguna parte… como tampoco Goethe, Dante, Chejov, Beethoven, Rembrandt, etc. Si lo que se oculta de lo español es escandaloso… ¿cómo puede afirmar nadie que alfabetizamos a nuestros alumnos si seguimos dando la espalda al resto del mundo?

Menos mal que ahí quedan, inamovibles, omnipotentes, la Física y la Química.

(1) Según nuestros libros de texto, los literatos que sobrevivieron a la Guerra apenas escribieron cosas de mérito. Soberbia memez.

dmago2003@yahoo.es