Memorables: El crepúsculo de los dioses

El ser humano tiende a calificar al prójimo con un solo calificativo, a menudo injusto, siempre reduccionista. Decir que Billy Wilder fue un maestro de la comedia es cierto, pero se deja al margen gran parte de su “otra” filmografía, de la que ejemplar muestra es “El crepúsculo de los dioses”.

En primer lugar, es difícil “reducir” este filme a un solo género. Es un drama, pero también tiene algunos tintes de oscura sátira, al tiempo que la mansión de Norma Desmond le da a la película un ambiente gótico, oscuro, de cine negro aplicado al Hollywood más rutilante en apariencia.

Comienza la película con un alarde narrativo: un cadáver flotando en una piscina se convierte en la voz en off que nos contará la tenebrosa historia.

Y así nos enfrentamos a una película donde un guionista de medio pelo deviene, por necesidad, en inmoral amante de una antigua estrella del cine mudo, relación que que inevitablemente degenerará en tragedia.

Porque Norma Desmond vive una gran mentira hija de la gigantesca fama que vivió en los años 20, mentira alimentada por su oscuro mayordomo. Hollywood, brillante cuando se vuelve al mundo exterior, es un medio desolador y destructivo cuando se le mira por dentro. La lucha por la supervivencia, entonces, es similar a la de la sabana africana.

Filme extraño, de magníficos diálogos construidos por Wilder y Charles Brackett, de bellísima fotografía en blanco y negro, es un monumento a la capacidad interpretativa de Gloria Swanson, capaz de oscurecer al mismísimo William Holden.

“El crepúsculo de los dioses” es una crítica feroz contra Hollywood al tiempo que un acerado análisis de los efectos del estrellato en los que devienen en semidioses, una película con 64 años que sigue siendo de completa actualidad.

Y ahora, señor De Mille, estamos preparados para volver a ver uno de los finales más perturbadores de la historia del cine.