El lobo de Wall Street

Terence Winter, creador de “Los Soprano” y “Boardwalk Empire”, es uno de los escritores más interesantes del actual panorama audiovisual. Martin Scorsese es director indispensable de la filmografía universal, aunque su cine del siglo XXI me resulte algo espeso, quizás por haber convertido en su actor señero a Leonardo DiCaprio, indudable estrella que nunca me ha convencido como actor.

Estos tres monstruos se han unido en “El lobo de Wall Street”, película aclamada por la crítica y por el público de Internet. A mí, sin embargo, estas tres horas que cuentan la historia de un timador sin escrúpulos me han parecido terriblemente aburridas, insoportablemente pretenciosas, vacuas y, sobre todo, inmorales.

En primer lugar, el peso de DiCaprio en este filme es atosigante. Productor además de protagonista, se apodera de la pantalla para, siempre excesivo, mostrarnos sus escasos recursos interpretativos. Su personaje se pasa casi toda la peli colocado, lo que le permite dar rienda suelta a todos los excesos imaginables, camino idóneo para conseguir su primer Oscar.

DiCaprio nunca me ha gustado. Entonces es lógico que una película acaparada por su figura no termine de convencerme. Pero Scorsese siempre me ha interesado, a menudo fascinado. “El lobo de Wall Street” sigue la misma técnica narrativa de “Uno de los nuestros”. Pero lo que en esta era magnífica construcción de personajes, ambientes y atmósferas, en aquella se limita a una continua sucesión de juergas donde se mezclan alcohol, sexo y muchas, muchas, muchísimas drogas. Pero sin trama. Da la impresión de que Winter y Scorsese hayan querido homenajear a Henry Miller, William S. Burroughs o Hunter S. Thompson, escritores que supieron poner patas arribas a una sociedad susceptible de escandalizarse.

El problema es que la actual sociedad no se indigna siquiera ante la infame realidad. Así, los personajes de “El lobo de Wall Street”, tremendamente planos, sin fondo, desarrollo ni verismo, se convertirán pronto en auténticos iconos mundiales. Porque roban, se corren grandes juergas y, en el caso del protagonista, ni siquiera pagan en exceso por sus delitos, aún menos cuando delata a sus amigos para salvar su propio trasero.

“El lobo de Wall Street” dura tres horas. Con un material que apenas daría contenido a un documental de 50 minutos. No hay trama, ni argumento, ni personajes… ni siquiera un mínimo de tensión narrativa. ¿Dónde se ha quedado la excelsa capacidad creativa de Winter?

A la postre, supongo, este filme es una enorme gamberrada que Scorsese ha lanzado al mundo para mostrar nuestras vergüenzas: compensa ser un timador si robas cientos de millones de dólares. Si otro director, empero, hubiese cometido los numerosos errores de continuidad de esta película, habría sido condenado al infierno. ¿Acaso Scorsese, como mito viviente, tiene bula?

Pero lo peor de esta película es su amoralidad. En “Uno de los nuestros” la capacidad crítica de la película es evidente. El timador de “Atrápame si puedes”, de Steven Spielberg, lograba cierta redención al final del filme. “El lobo de Wall Street”, hermana muy menor de las grandes películas de excesos de los 80, da, incluso, la impresión de querer glorificar a su protagonista. Hay luz al final del túnel si eres lo suficientemente listo.

Claro que la mía es una opinión, aislada, quizás sin fundamento. Pero lo que es seguro es que pocas veces me he aburrido tanto en una sala de cine. Habrá que recuperar la fe: esta misma noche volveré a ver “Uno de los nuestros” -el reverso luminoso de “El lobo de Wall Street”- y retomaré alguna novela de Bukowski, alguien que sabía escandalizar con criterio, calidad y entretenidamente.

P.S.: Dejando respirar el artículo, me he puesto a pensar en “Uno de los nuestros” y he recordado, sin esfuerzo, unas diez escenas magníficas, memorables. No hay ni un solo plano fascinante en “El lobo de Wall Street”, ni una sola escena que consiguiera sacarme del sopor con que la vi… Quizás la inicial, la que DiCaprio comparte con Matthew McConaughey, quizás esa sí sea digna de ser recordada.