La dictadura de Oscar

Al final de “Agosto”, cuando queda claro que la obra teatral en la que se basa la película ya habría terminado, hay una escena donde Julia Roberts, tremendamente desolada mas suficientemente divina de la muerte, conduce su coche por un paisaje desoladamente bello para detenerse, bajarse y mostrar aún mejor lo triste que está. Ante tal despropósito, ¿alguien es capaz de olvidar que los Oscar están a la vuelta de la esquina?

“Agosto” es un filme de despropósitos. Tracy Letts, dramaturga y guionista, ha creado una historia a partir de los excesos. Da la impresión de que ha querido rendir homenaje a Tennesse Williams a partir de la acumulación de tramas tremendistas que, en los tiempos que corren, resultan tremebundamente manidas a pesar de su apariencia escandalosa. Llegará el día en que Williams tornará en autor recomendable como lectura juvenil. En definitiva, “Agosto” es un dramón soberbiamente aburrido.

Pero siendo pretencioso, supuestamente crítico, y con un elenco con artistas de la talla de Ewan McGregor, Chris Cooper, Dermot Mulroney, Juliette Lewis, Meryl Strepp y la citada Roberts, el filme se convierte en claro candidato para los próximos premios de la academia de Hollywood, aún más si tenemos en cuenta que la han producido los hermanos Bob y Harvey Weinstein, expertos mediadores en lo que a Oscar se refiere.

Así, la interpretación completamente excesiva de Meryl Streep, encarnando a un personaje extremo, dando rienda suelta a su inagotable repertorio de capacidades interpretativas, no se sabe si es resultado de la incapacidad del director, John Wells, para contener a la estrella o fruto de un cuidadoso estudio de cómo conseguir una nueva nominación para la actriz que va rompiendo récords sin tener el encanto de su rival, Katharine Hepburn. A su probable candidatura se une la de La Roberts.

Así funciona lo de los Oscar, unos premios con el mismo fundamento que los regalos de los Reyes Magos. Oscar responde al exceso, y si Meryl Streep ha conseguido 17 nominaciones hasta la fecha ha sido cuando ha interpretado a personajes extremos y no a personas normales, o cuando ha cantado extraordinariamente bien. Los premios llegan cuando encarnas a un disminuido psíquico o físico, a un famoso o a un histriónico, no cuando haces creíbles al vecino del quinto. Streep es una actriz soberbia, pero solo se la premia cuando lo demuestra con aspavientos.

Lo mismo podría decirse del resto de apartados premiados. En los Oscar triunfan las grandes producciones con grandes decorados o grandilocuentes escenarios. Allí no hay sitio, salvo excepciones, para lo modesto, para la película “recoleta”. Lo que importa es premiar el exceso sobre lo dramático. ¡Ay, si alguna vez se llegase al punto medio entre Hollywood y los festivales europeos!

Aunque lo peor de todo este sistema, tan popular y etéreo como la memez del Balón de Oro, es que “Agosto” puede obtener nominaciones a pesar de ser una película pretenciosa, mala y, sobre todo, aburridísima. Todo es, a la postre, otro hijo bastardo del marketing. ¿A quién le sigue sorprendiendo que cada vez vaya menos gente al cine?

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