Futbolín

De manera análoga al rechazo que muchos jóvenes muestran al cine en blanco y negro, muchos adultos piensan que las películas de animación son para niños, no merecedoras de su atención. Da igual que les demuestres que en los primeros cinco minutos de “Up” hay más cine que en todo un año de cartelera. Ciertamente, superar un prejuicio es mucho más difícil que soñar con cualquier utopía.

Juan José Campanella es uno de los directores más importantes de los últimos quince años: “El mismo amor, la misma lluvia”, “El hijo de la novia”, “Luna de Avellaneda” o “El secreto de sus ojos” le colocan entre los más grandes de siempre. Cansado quizás de cine tan serio y de rodar capítulos de series de televisión, el argentino ha decidido realizar un filme de animación y, quizás por prejuicio, le ha salido algo para niños.

“Futbolín”, su nueva película, es una maravilla técnica en cuanto a animación se refiere. Asimismo, hay mucho talento en el diseño de los dibujos, de los personajes, decorados y demás. En este sentido es tan digna como cualquier filme de animación de los últimos tiempos. Pero le falta ese toque Pixar que consigue que un filme para adultos entretenga a los niños. “Futbolín” puede entretener a un adulto, pero es cine para niños, y no para todos.

Y eso que su primera hora tiene su gracia. Hay un malo muy malo encarnado en una superestrella de fútbol, lo que supone una crítica a esos héroes de plastilina y cero neuronas que tanto gustan hoy en día. El protagonista y su chica tienen su historia de amor. Y todo se adereza con unos secundarios interesantes y unos jugadores de futbolín que cobran vida para encarnar los auténticos valores del deporte.

Así, el filme se ve con deleite hasta que entra en su media hora final, limitada a un imposible partido entre los mejores jugadores del mundo y una panda de desheredados que luchan con gran dignidad contra la tiranía del poder mediático, del dinero. Buen intento, pero hay tamaño abismo entre un equipo y otro que el espectáculo torna en grotesco, en humor grueso, y, sobre todo, el filme pierde por completo su verosimilitud.

El cine es un medio para hacernos soñar. Y aquí Campanella ha querido mostrar un sueño tan improbable que ni Disney se habría atrevido con él. Ese partido, ese sinsentido, es tan solo apto para los niños más pequeños que sean capaces de tragarse cualquier cosa. El intento de lanzar un encomiable mensaje naufraga, por tanto, por la endeblez de unos supuestos demasiado chocarreros.

“Futbolín”, empero, es un filme que compensa el precio de la entrada. Menor dentro de la filmografía de uno de los grandes, contiene unos cuantos gags memorables y transmite ciertas dosis de buen rollo, tan necesario en estos tiempos que corren. Y, viendo las alternativas, es una de las mejores propuestas para ver estas Navidades. Ya se sabe, el tuerto…