Tologüeno

La Real Academia Española de la Lengua, RAE para los amigos, lleva todo el año celebrando su tercer centenario ufana y onanísticamente. Son muchos años para una institución que, no ha mucho tiempo, contaba entre sus miembros con intelectuales de primera magnitud. Esta misma semana la RAE ha presentado su manual “El buen uso del español”, destinado, como ellos mismos dicen, al gran público.

Mientras tanto, en la calle se escucha hablar un idioma cada día más deteriorado. Los tacos menudean porque cada vez somos menos conscientes de lo que es malsonante o vulgar. El concepto de vulgarismo parecer haber desaparecido, por alguna extraña razón, de los libros de texto, esos mismos que contienen expresiones extrañas como hiperonimia, complemento de régimen o unidades fraseológicas.

Pero no todo son palabrotas. Los jóvenes españoles han dando una última vuelta de tuerca a la vagancia y el habla degradada. De la vieja expresión “me la suda” han creado el verbo “sudar”, que rige la preposición de, para decir cosas como “sudo de todo”, el equivalente al “paso de todo” de toda la vida. De manera análoga, se creó el adverbio mazo a partir de la expresión “me mola un mazo” -expresión cuya degeneración constituye un estudio digno de una tesis doctoral- de manera que ahora se puede decir que algo es “mazo guapo”.

Pero eso se quedaba corto. Ahora es habitual que los adolescentes digan que esa película es “tologüena”, magnífica y espontánea construcción de un superlativo mayúsculamente vulgar.

El deterioro del idioma no solo los encontramos entre los estudiantes. En las universidades también están trabajando duro. Por ejemplo, se están instaurando concursos de debate como ejercicio académico, lo que es algo bueno. Pero como es algo importado de Estados Unidos, se han esforzado poco en las traducciones. Así, evidencia se ha convertido en sinónimo de prueba, aunque quepa alguna duda sobre su validez. Y una refutación consiste antes en construir el propio argumento que en destruir el contrario.

Peor, por ridícula, resulta esa costumbre tan chic de soltar alguna palabra en inglés cada dos o tres que se dicen, algo común en la calle y constante en los campus universitarios -da la impresión de que solo se puede trabajar en una facultad si sigues esta corriente lingüística-. Así, no se dejan de escuchar términos como feedback o background, fenómeno mucho más desarrollado en el cashflow de las escuelas de negocios. Aparte de degenerar el idioma, el asunto se sitúa a medio camino de la cursilería, la gilipollez y la oligofrenia.

La RAE prepara una nueva edición de su diccionario, cada vez menos comprensible y más alejado de la auténtica naturaleza de nuestro idioma. La polémica que rodea al mismo, empero, se centra en los términos sexistas y racistas, olvidando que estos adjetivos son propios de humanos, no de palabras. Mientras tanto, ahí fuera, el idioma está siendo sistemáticamente vapuleado. El diccionario será “tologüeno” que quieran, pero el problema es demasiado grande para que lo solucione un libraco extraño que, además, ya casi todos consultamos por internet.

Habría que pensar en otras medidas, aunque casi todo sea cuestión de los nuevos tiempos, amorales, decadentes y muelles. Pero podríamos empezar recordando que José Manuel Blecua, director de la RAE, firma un libro de texto de ESO que afirma que el “Cantar del Mío Cid” pertenece al género lírico o que “El sentimiento trágico de la vida” es una novela.

Mientras tanto, llueven las noticias sobre la LOMCE sin que nadie sepa muy bien a qué atenerse, aunque con la extendida sospecha de que esta ley tampoco servirá para nada. Situación “mazo buena”, “tologüena” o, si se prefieren los clásicos, de PM.

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