Memorables: El doctor Frankenstein

El concepto de clásico en el cine es aún más etéreo que en las otras artes. Al ser tan joven, podemos considerar clásicos “El maquinista de la General” o “Blade Runner” sin mayor problema. Sin embargo, no podemos olvidar que hay mucho donde mirar en el más lejano pasado de este maravilloso medio. Por ejemplo, la sublime “El doctor Frankenstein”, de 1931.

Es tan antigua que en los títulos de crédito ni siquiera sale Bernard Kaun, autor de la música, elemento esencial para entender el género de terror, aún más en esta época, pues los efectos especiales eran deliciosamente cutres aunque eficaces, que es de lo que se trata.

Más de seis personas trabajaron en la adaptación de la novela de Mary Shelley. Quizás por eso apenas se parezcan filme y original. Fue una auténtica traslación a un nuevo medio. Y magistral en cuanto el Monstruo se convierte en una especie de zombie que no sabe muy bien qué hacer cuando vuelve a la vida. Apenas muestra racionalidad, aunque sí sentimientos, como muestran los encuentros con la niña y el ciego.

Aunque quizás hoy no sea una película que dé miedo –parece ser que hacen falta litros de sangre o muchos sustos efectistas para lograr eso– “El doctor Frankenstein” continúa creando un clima de misterio y desasosiego que, mientras la ves, te sume en una honda desazón y, después, te invita a la reflexión existencial.

Película de solo 70 minutos, dirigida por James Whale, se ve en un suspiro que se hace eterno en el buen sentido. Colin Clive como el doctor y, sobre todo, Boris Karloff como el Monstruo comandan un elenco que cumple a las mil maravillas con su función.

Pero si algo hay que aprender de este clásico es de la magnífica fotografía –heredera evidente del expresionismo alemán–, elemento clave junto a la música para crear tensión y terror, y el maquillaje del monstruo, que así sigue siendo mucho más tenebroso que el peludo original de Mary Shelley.

“El doctor Frankenstein” quizás se ha quedado un poco antigua por sus efectos. Por nada más. Es un clásico que hay que ver y disfrutar. Una joya que muestra otra manera de hacer cine, seguramente mejor.