Memorables: 12 hombres sin piedad

Reginald Rose, en 1954, escribió “Doce hombres sin piedad” para la televisión. Su evidente calidad provocó que casi inmediatamente se llevase al teatro y, finalmente, tres años después, se estrenase en cine para convertirse en una de las películas más celebradas de siempre.

La trama es tan sencilla como apasionante: 12 hombres forman parte de un jurado que debe decidir sin envían a un joven de barrio marginal a la silla eléctrica. Todo parece decidido hasta que uno vota “No culpable”. Se inicia así un largo debate sobre la posible existencia de una duda razonable que exculpe al chaval.

Esa es la trama, la excusa para construir un memorable drama de personalidades enfrentadas donde, en poco más de hora y media de metraje, cada personaje parece respirar como un ser de carne y hueso. La gran virtud de esta película es que cada uno de los 12 jurados parece sacado de la vida real. Y eso que algunos apenas tienen un par de frases.

A ello contribuye, de manera decisiva, la espléndida actuación de los 12 actores, comenzando por Henry Fonda y terminando en Lee J. Cobb, el “malo” que en su pertinaz deseo de condenar al acusado tan solo esconde un alma atormentada.

Sidney Lumet, hasta entonces dedicado a la tele, se estrenó como director cinematográfico con “12 hombres sin piedad”. Su cámara, apoyada en una espléndida fotografía en blanco y negro, hurga en todo, y sus primeros planos añaden aún más intensidad a esa sala donde hace un calor agobiante que casi se puede respirar al otro lado de la pantalla.

“12 hombres sin piedad”, feroz alegato contra la pena de muerte, es una de las grandes películas de Hollywood. Claro que su fuerza radica, sobre todo, en ese espléndido texto que también fructificó memorablemente en la versión de Estudio 1, con otro magnífico elenco comandado por José María Rodero y José Bódalo.