LOMCE

Hace algunos días, un mandamás del PSC decía que si alguno de sus diputados no respetaba la disciplina de voto del partido tendría que atenerse a las consecuencias. Así funciona nuestra democracia: el congresista debe obedecer antes a sus siglas que a su conciencia y representar a su empresa antes que a sus votantes.

Por eso no sorprende a nadie que la LOMCE haya superado el trámite del Senado. Con algunas enmiendas aquí y allá, esta nueva Ley Orgánica ha cumplido con todos los requisitos que en España exige la pantomima legislativa. En esta ocasión, empero, gracias a las innumerables protestas de padres, alumnos y profesores y a las meteduras de pata de José Ignacio Wert el asunto se ha teñido de folclorismo no exento de trágicos presagios.

La última polémica que ha rodeado a la ley es sobre si era o no necesario el estudio de las Matemáticas para los estudiantes de la rama de bachillerato de Ciencias Sociales, posibles candidatos a la carrera de Económicas. Una vez más, el detalle impidió que nadie se fijase en los asuntos esenciales, esos que marcan un auténtico cambio sustancial en cualquier asunto.

Aparte de la reducción de becas, las reválidas, la religión como asignatura guadianesa, las mates empresariales y demás asuntos accidentales, poco se sabe de la ley. ¿Habrá un cambio radical en la manera técnica, árida e inservible de enseñar nuestro propio idioma? ¿Las matemáticas se convertirán en algo más que un camino para la resolución de problemas sin necesidad de pensar? ¿Conseguirán los alumnos del futuro distinguir entre la Edad Media y la Moderna, entre una Democracia y un sistema despótico? ¿La Filosofía seguirá siendo asignatura importante y, de ser así, dejará de ser algo alejado a cualquier ciudadano medio?

Ahora, por ejemplo, obligamos a los chavales a leerse un soneto de Quevedo y Góngora cuando tienen problemas para entender a Bécquer. Como escribir, leer y pensar es algo tan difícil, se priman los apartados técnicos sobre los artísticos o racionales. Se aprenden trucos para solucionar sistemas de ecuaciones sin saber muy bien para qué sirven estos. Se pasa de puntillas y rapidísimamente sobre cualquier parte de nuestra Historia, y la del extranjero, no vaya a ser que se agobien con tanto dato sin aplicación práctica directa.

Son estos los asuntos que deberían importarnos, y no se han discutido en el montaje teatral que conforman Congreso y Senado. Por si fuera poco, aunque se admite el estado catatónico del sistema, se ha retrasado la aplicación de la ley, como si no hubiera prisa en cambiar los modos para conseguir que, por fin, los alumnos vuelvan a aprender algo.

Así somos, así funcionamos. Si realmente tuviesen intención de auténtica revolución, habrían considerado la opción de convertir a Shakespeare en lectura obligatoria en todas las ramas. Y no por su obra “Mucho ruido y pocas nueces” que, con su título a la española, describe bien nuestro sistema político. Sino porque Marco Antonio, Hamlet, Macbeth, Falstaff, Rosalinda… podrían enseñarnos mucho sobre cómo advertir nuestras carencias. “Malos tiempos cuando los locos guían a los ciegos”, como se puede leer en “El rey Lear”.

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