Leer o fardar

La semana pasada se conmemoró el centenario del nacimiento de Albert Camus, intelectual esencial del siglo XX. Esta, el de la publicación de “Por el camino de Swann”, la primera parte de la interminable “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust. Con tanto homenaje al pasado -por Dios, seguimos celebrando “nuevos” discos de los Beatles- tengo la impresión de vivir entre cadáveres, por mucho que alguno de ellos se mantenga magníficamente fresco.

En cualquier caso, valgan los centenarios de Camus y Swann para reflexionar sobre dos maneras antagónicas de entender la literatura.

Camus fue un escritor único. Aparte de que su pensamiento, al contrario que el de muchos filósofos, es inteligible, fue el autor de dos novelas, “El extranjero” y “La peste”, que marcan un antes y un después de la Historia. En la primera, Meursault representa como nadie el hombre congelado incapaz de reaccionar ante los acontecimientos. Hijo de Dostoievski y Kafka, padre de Chinaski, es un personaje único. En la segunda nos sumergimos en una ciudad asolada por la enfermedad, magnífico ejercicio narrativo donde la colectividad nos representa a todos.

Más allá de su evidente profundidad, los dos libros se leen fácilmente. Son asequibles para el lector medio. No requieren demasiado esfuerzo y se disfrutan en las diversas lecturas que, inevitablemente, surgen tras la primera. Y, sobre todo, no es difícil encontrar a alguien con quien conversar sobre tamaños logros literarios.

“Por el camino de Swann” es otra cosa. Apenas hay gente que la haya terminado. Su lectura es semejante a un maratón. Proust quiso reflejar la mente humana en un alarde de prosa alambicada al que solo puede acceder un tipo de lector abnegado y especial, más amante de la forma que de la trama. Por eso es una novela muy alabada por grandes expertos y ninguneada por el grueso de los mortales.

“En busca del tiempo perdido” es otra de esas obras sospechosa de haber sido leída por mucha menos gente que dice haberlo hecho. Como apenas hay nadie normal con quien contrastar pareceres, cualquiera puede fardar de adorar a Proust, de haber disfrutado leyendo tan colosal pestiño. No es una lectura. Es un juego existencial, una manera de sentirse superior al resto aunque no se haya pasado de la página 10.

Personalmente, como es fácil deducir, me quedo con Camus. Dentro de su complejidad, siempre quiso hacerse entender. Lo de Proust es un ejercicio de vanguardia, un juego retórico sin fondo, una novela para los cánones, no para los lectores.

Suponen, también, dos maneras de vida tras la muerte. Si Camus sigue estando entre nosotros es gracias a que se le sigue leyendo. Proust pervive gracias a unos pocos eruditos. Su obra maestra es lejana, inasequible, una descomunal construcción para la minoría. Como es tan difícil de leer y de entender, es una favorita de aquellos que quieren parecer más inteligentes que los demás. Por eso, prefiero disfrutar con la tragedia de Meursault que bostezar con las interminables peroratas de Marcel. Cuestión de gustos… o no.

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