Huelga educativa

Ayer jueves escuché en la radio a un universitario participante en lo que ha venido en llamarse huelga educativa. Muy ufano, el chaval afirmaba que habían conseguido que nadie accediese al campus. A eso le llamamos normalidad democrática; en eso se resume nuestro sistema educativo: nuestros nuevos ciudadanos creen sinceramente que el ejercicio de un derecho constitucional permite impedir que los demás cumplan con ningún otro.

No fue un hecho aislado. Como suele suceder en España con cualquiera de las huelgas, se construyeron barricadas, se cortaron carreteras, se intimidó a los que no querían participar… e incluso se recuperó, de manera incorrecta, el término esquirol. Somos un país extraño.

Da igual que la huelga esté más o menos justificada. A cualquiera indigna que los recortes afecten a la educación o a la Sanidad. Se puede entender que la gente crea que la beca es un derecho inalienable aunque se suspendan todas. Incluso se puede estar en contra de una ley legítimamente aprobada que, aunque mala, no será peor que las anteriores. Algo que ignora el estudiante aludido, y casi todos los demás, es que en un país libre se puede opinar lo que uno quiera sin que ninguna opinión sea peor que las demás.

Lo que no consigo entender es esto de llamar huelga a lo que no lo es. Los profesores, como trabajadores, sí que acuden a la huelga. No lo veo lógico porque en lugar de fastidiar al empleador se fastidia al estudiante, pues se supone que ir a clase a escuchar la lección es algo bueno. Pero la opinión de los profesores huelguistas es tan legítima como la mía.

Pero que los estudiantes no vayan al cole no es, de ninguna manera, huelga. No son trabajadores. Además, para protestar dejan sus obligaciones que, se supone, les benefician. Porque aprender, opino, es algo bueno. ¿Por qué no se ponen a hacer huelga a la japonesa y sacan todos unas notas maravillosas? A ver qué se inventaba entonces el señor Wert para ahorrar algunos euros que se gastan en sinecuras, sueldazos políticos, diputaciones y demás exabruptos de nuestro sistema democrático. Los estudiantes deben protestar, pero no a costa de su propia educación. Y, por favor, que no disfracen de huelga lo que son simples “pellas”.

Por último, parece de coña que los padres se hayan apuntado a la denominada huelga. Hay que protestar, repito. Pero, ¿es necesario librar a los niños del cole para que les escuchen los políticos? Nuestro sistema educativo es pésimo, pero si queremos arreglarlo es trabajando, nunca dejando de hacerlo, que es lo que, en definitiva, significa la palabra huelga.

No es la primera vez que escribo estas opiniones. Tan solo lo de los padres es nuevo. La huelga educativa se está convirtiendo en otra de las rutinas que conforman nuestra cotidianeidad. Si seguimos así, pronto institucionalizaremos la huelga de estudiantes como fiesta de guardar. Después de todo, hay que entender que este otoño está habiendo poquísimos días no lectivos. Total, para lo que se aprende con nuestro plan de estudios… y con el que viene… quizás dé igual ir o no a clase.

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