En las nubes

En lo que supone un extraño homenaje al “¿Qué han hecho por nosotros los romanos?” de La vida de Brian, una de las grandes aficiones de los intelectuales occidentales es lanzar piedras al tejado de los Estados Unidos, como si la libertad de expresión de la que gozamos en nuestro hemisferio le convirtiese en el diablo frente a regímenes como los de Venezuela, Rusia, China o Irán. Así, son muchos los directores de cine no estadounidenses -Lars von Trier, Ang Lee, Denis Villeneuve- que han realizado películas muy críticas con la, de momento, capital del imperio.

Aparte, muchos intelectuales estadounidenses critican severamente a su propio país. Escritores como Richard Ford, Daniel Woodrell o Joyce Carol Oates, cineastas como Scorsese o Eastwood, guionistas como David Simon, lingüistas como Chomsky… lanzan libérrimamente sus críticas contra las contradicciones del sueño americano. Solo hay que ver un capítulo de la segunda temporada de The Newsroom, magnífica creación de Aaron Sorkin, para darse cuenta de lo que pretendo decir.

Estados Unidos, con todas sus carencias, mantiene su capacidad para generar intelectuales de primer orden que, antes que nada, analizan, diseccionan y cargan contra su patria. Hollywood no es la única razón de que conozcamos tan bien aquel país. Los más afilados dardos contra Sociedad y Estado provienen de sus propios conciudadanos. Así se puede pensar en mejorar una sociedad enferma.

Estados Unidos, como la Roma de Brian, es el gran enemigo de nuestros presuntos intelectuales. No es inhabitual oír a un actor español mostrando su odio contra el Tío Sam vestido con unos Levis y después de haber rodado una peli en, digamos, Miami.

Sin embargo, apenas oímos voces que nos describan, que nos cuenten cómo somos, que nos analicen para ayudarnos a conocernos mejor, para diagnosticar nuestras dolencias y aprender qué caminos podríamos escoger. Como mucho, se escuchan críticas contra este o aquel partido, contra ese ayuntamiento o el Gobierno… Da la impresión de que nuestros grandes (?) nombres sean incapaces para la síntesis.

Esto no puede extrañar a nadie si nuestro cineasta de cabecera se llama Pedro Almodóvar, si las opiniones de los actores se escuchan y no las de los filósofos, si prestamos una mínima atención a los exabruptos de personajes como Albert Pla, si Jorge Javier Vázquez puede hacer las veces de intelectual, si nuestros escritores están más en la Guerra Civil que en nuestro siglo XXI.

En España es impensable una trilogía como la de Frank Bascombe. Nadie haría nunca una película como Gran Torino. Y la política ficción de Sorkin se traduce en biopics sobre la familia real y en pésimas recreaciones del 23-F. Estamos tan lejos de “El ala oeste” como de tener un superávit energético.

Por eso es difícil que algún día salgamos de nuestra sempiterna crisis sistémica. Las mejores críticas a nuestras carencias podemos encontrarlas en Galdós o Baroja, críticas antiguas que revelan lo poco que hemos avanzando en muchas cosas, como en calidad democrática. Como siempre, al final todo reside en el sistema educativo. Estados Unidos, que tiene uno muy malo, lo compensa con su capacidad para seguir “fabricando” intelectuales. España tiene otro aún peor, pero no lo compensa con nada, incluso lo empeora con los sustitutos de lo que debería ser nuestra intelectualidad.

Pero nada, a seguir clamando contra los romanos, aunque cualquier cuento de Raymond Carver nos resulte más cercano que cualquier novela de Muñoz Molina.

dmago2003@yahoo.es