El Joker

Pasemos por encima de ese mal chiste sesentero que recreó un “Batman” digno de Roberto Alcázar y Pedrín. En 1989 Tim Burton llevó su peculiar visión del superhéroe a la gran pantalla. Y Jack Nicholson encarnó a un Joker festivo, gamberro, incluso simpático, un pobre loco que parecía conformarse con ser un payaso alegre.

Sin duda alguna, el precedente de Nicholson sirvió aún más para que Heath Ledger conmocionase al público con su Joker, un payaso triste, amargo, tremendamente inquietante desde su maquillaje y sus cicatrices, internas o externas.

En su despedida de la fama y de todo, Ledger construyó en “El caballero oscuro” un hito del séptimo arte, un personaje inolvidable digno de las mejores tragedias de Shakespeare. Como con Yago, no nos quedan muy claras cuáles son las auténticas intenciones del Joker, por qué es tan jodidamente malvado. Tamaña incomprensión se une a la esencial desazón que ya genera por sí mismo el personaje.

Ese Joker se apropió de quizás la mejor película de superhéroes que se haya hecho nunca, sin duda una de las mejores de lo que llevamos del siglo. Y no solo porque sus planes fuesen terroríficos, inhumanos, sumamente malévolos. También porque cada vez que aparece en pantalla, Ledger se come a sus compañeros de reparto en una interpretación llena de matices, riquísima en detalles a pesar de ocultarse bajo sus pinturas de guerra y el histrionismo propio del personaje.

El Joker de “El caballero oscuro” es un malo único, a la altura incluso de Darth Vader. El reverso tenebroso, en cine, a menudo resulta suculento.