El hombre de acero

En un inopinado, y absolutamente inconsciente, homenaje a la Antigüedad clásica, el cine no para de recrear una y otra vez a los nuevos mitos: los superhéroes. En las últimas décadas, Spiderman, Batman, Hulk… no paran de encabezar comerciales proyectos que dan visiones alternativas sobre la misma historia.

La mayoría de estos héroes del siglo XX suelen cumplir las viejas reglas de la mitología: aunque superiores, todos tienen algún defecto o tara que les impide ser envidiados, ya sea el orgullo, una precaria salud mental o un salario que les impide llegar a fin de mes. En la Literatura, desde Aquiles hasta Marlowe, pasando por Odiseo, Tom Jones o hasta los personajes de Dickens, estas pequeñas lacras iluminaban al personaje y lo convertían en alguien más cercano.

Entonces llegó Superman, el primer gran superhéroe. En su momento, allá por los años 30 y, sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial, su intachable perfección le convirtió en ídolo de masas. Pero según fue avanzando la Guerra Fría fue adelantado por otros de mejor factura pues, en cuanto “defectuosos”, se antojaban más humanos. Después de todo, Superman viene de otro planeta. Y por eso siempre ha resultado demasiado guapo, demasiado recto, demasiado moral, demasiado inhumano.

Allá por los 70 se llevó Superman al cine, con Christopher Reeve como protagonista. El hecho de que un tipo volase en pantalla consiguió que el invento prosperase. Pero las tres secuelas fueron perdiendo brillo porque, sobre todo, el personaje en sí carece de auténtico atractivo. Aunque parezca mentira, los espectadores siempre necesitamos un pelín de reverso tenebroso en el héroe, y si no que se lo digan al melindroso blandengue de Luke Skywalker.

Hace unos años “Superman returns” desencantó al personal. Pero eso no ha impedido que una nueva versión cinematográfica sobre el personaje, “El hombre de acero”, llegue a nuestras pantallas. Y lo ha hecho intentando convertirle en un ser atormentado que, antes de sus superhazañas, duda sobre si debe convertirse en un dios para los humanos o pasar desapercibido para no asustar a la gente. Es decir, un conflicto interior poco creíble y, sobre todo, ñoño, sin chicha.

“El hombre de acero” vuelve a contarnos la historia de Superman desde el principio. Solo que aquí nada es como era. Lois Lane, por ejemplo, descubre su auténtica identidad sin apenas dificultad, algo que no logran la CIA, el FBI ni el Ejército. Y el general Zod, el mismo villano de “Superman II”, es un fascista que quiere reconstruir Krypton sobre los restos de la Tierra. Pero, a la postre, es más de lo mismo, porque Superman puede con todo. Y encima, como dice una militar en la peli, está buenísimo.

Lo que sin duda encantará a muchos es que “El hombre de acero” está perfectamente revestido para que apenas se note nada de esto. Por un lado, Kevin Costner, Russell Crowe, Amy Adams, Diane Lane y muchos otros protegen al protagonista, Henry Cavill. Por otro, Zack Snyder vuelve a recargar una de sus películas con efectos visuales y sonoros para que todo sea tan grandilocuente como vacío, aunque, supongo, muy entretenido. Así se garantiza el éxito.

Superman, insisto, es un héroe sin mácula, poco interesante. Y esta película lo maquilla con esos efectos digitales espectaculares. Pero, no obstante, “El hombre de acero” palidece si se la compara con la primera película de Reeve. Quizás sea la música de John Williams, quizás el protagonista, quizás la ingenuidad de aquellos efectos de los 70… pero el caso es que en 1978 se supo revestir a Superman con una auténtica naturaleza épica que, en su remedo de 2013, se queda en cutre terapia psicológica.

Porque, a la postre, Superman no sirve como auténtico héroe. Por lo menos aquí, en la Tierra.