Elías Querejeta

Ha muerto Elías Querejeta. En casi todos los periódicos le han santificado, bajo el nombre de “El Productor”. ¿No ha habido otros? Querejeta fue una persona coherente a lo largo de su vida profesional, amante de un tipo minoritario de cine, más cercano a la orteguiana deshumanización artística que al sentir auténtico del público español. Aparte, fue una persona querida por los suyos, alguien a quien todo el mundo respetaba.

Su muerte, por supuesto, es una noticia triste, porque con Querejeta desaparece una figura emblemática. Pero de ahí a convertirle en una especie de figura única de la producción media un abismo. Fue un importante impulsor de películas… pero, insisto, ¿acaso fue el único?

Durante el tradofranquismo Elías Querejeta produjo algunos de los títulos señeros de lo que se quiere tildar de resistencia cultural a la dictadura. “La caza”, “Peppermint Frappé”, “Cría Cuervos” y “Pascual Duarte” –estas dos últimas ya en el 76, aunque sometidas aún a la censura– y, sobre todo, la ininteligible “El espíritu de la colmena”, todas ellas películas de festival, filmes de autor, quizás interesantes en su coyuntura histórica, pero que hoy resultan antiguas, pasadas de moda, incomprensibles, plomizas.

Ya en democracia Elías Querejeta continuó con su idea de hacer cine elevado, más propio de tesis doctorales de una facultad de Filosofía que de una sala de cine. “Tasio”, “Los lunes al sol” o “El Sur” son más cantos de propaganda ideológica que películas al uso. Hasta en sus producciones más populares, como “Mamá cumple cien años” o “Historias del Kronen”, el mensaje prima el argumento. El suyo fue un cine combativo, siempre.

Aparte, Elías Querejeta descubrió y promocionó a muchos directores que se consideran señeros: Carlos Saura, Víctor Erice, Ricardo Franco, Montxo Armendáriz, Fernando León, etc. No solo defendió una manera de hacer cine, sino que encontró grandes realizadores para hacer realidad, valga la redundancia, su sueño.

En definitiva, Elías Querejeta forma parte de la historia de nuestro cine. Fue el adalid de una manera de hacerlo de tal manera que las ideas sobresaliesen en perjuicio de la venta de entradas. El suyo fue un cine para Cannes, para Berlín, para la crítica de nariz altiva, nunca para el gran público. Coherente, digno, leal a sí mismo, siempre siguió esta directriz, solo comprensible desde el mundo de la subvención, de la financiación pública.

Porque, y eso no podemos olvidarlos, los títulos que produjo Elías Querejeta, tengan mayor o menor calidad, fueron casi siempre minoritarios. Comandó una manera de hacer cine donde primaba más el ego de autor que los gustos del público. A saber, ese cine que ha ido alejando al público de las salas, pues lo ha terminado considerando como remoto, extraño, extranjero.

Por eso quizás podamos considerar a Elías Querejeta como “El Productor” del cine de autor, del cine de premios y buenas críticas. Pero, afortunadamente, no fue el único. Mientras esas películas vaciaban salas, había otros productores que intentaban hacer taquilla, a veces con filmes infumables. Pero eso también es cine.

Elías Querejeta es un personaje indispensable para entender la historia de nuestro cine. Sobre todo el proceso de alejamiento de la producción de su público potencial. Una manera de hacer cine tan legítima como cualquier otra, pero no la única. Aunque sí la de ciertos sectores de nuestra sociedad, la que defiende nuestra dictadura cultural (1), la que vacía salas y ocupa calles.

(1) Esa misma que ha convertido a Vicente Muñoz Molina en el gran intelectual del siglo XXI. Tiene narices la cosa.