¿Por qué sólo dos escritores?

Como loca anda la tiranía cultural -y los medios, siempre tan sumisos- porque se ha encontrado el manuscrito de “Poeta en Nueva York” que Federico García Lorca dejó a José Bergamín. A pesar de que este libro es pura vanguardia, a saber, una retahíla de incomprensibles versos inalcanzables para cualquier lector de bien, se celebra el hallazgo porque Lorca, parece ser, es el único poeta de nuestra historia capaz de atraer la atención de las masas.

Da la impresión de que en España vivimos con orejeras, de tal manera que somos incapaces de mirar en nuestro rededor para admirar el magnífico entorno histórico, artístico y literario que nos conforma. En Literatura tan solo parecen existir Lorca y Cervantes, o, mejor dicho, el Quijote que, indefectiblemente, volverá a leerse en voz alta el próximo 23 de abril en perjuicio de, por ejemplo, las “Novelas ejemplares”.

La fama de Lorca, bien pensado, tiene su razón de ser. Aunque no fue el único, se convirtió en el gran mártir de la República durante la Guerra Civil. Y, pasadas las décadas, en el símbolo de todo el conflicto bélico. Además, su poesía popular, sobre todo la del “Romancero gitano”, gusta al personal, como también sus obras de teatro. Lógico que sea, por tanto, el mascarón de proa de toda una generación de poetas. Pero, ¿también de todo el siglo XX?

Sin embargo, la gran crítica, los académicos, los pedantes que dominan el cotarro, se pirra por obras del tipo “Poeta en Nueva York”. Como “La tierra baldía”, de T.S. Eliot, no hay por dónde cogerla, pero se la considera el súmmum de la poesía del siglo XX. Así se consiguen dos cosas: a) que solo ellos puedan interpretar lo ininteligible y b) que la gente odie la poesía. Fuera de la lírica, lo mismo podría decir de Proust, Joyce o Bolaño, perfectos representantes de “La deshumanización del arte” que defendía Ortega y que quiere crear un arte para minorías, alejado de la mayoría ignara y complaciente.

Sin embargo, hay gran poesía. Y asequible. Ya que nos ponemos con cosas avanzadas, el “Diario de un poeta recién casado” de Juan Ramón Jiménez, tratando también de un viaje al nuevo mundo, es infinitamente superior a Lorca. O, para no caer en el patrioterismo, Pessoa es, al mismo tiempo, vanguardista y legible, lo que le convierte en una rara avis de la época. Aparte, si se abriesen los ojos, ahí estarían el amor de Pedro Salinas, la delicadeza de Cernuda, la guerra de Miguel Hernández, la paz de Blas de Otero, la verdad de José Hierro, etc.

Pero… ¿en serio alguien quiere que se lea poesía en España? ¿No es más fácil limitarlo todo a un Lorca cuya poesía, en el fondo, es poco polémica con la realidad que nos rodea? Si a eso combinamos la hegemonía del Quijote como la más grande obra, como la única digna de ser leída, ¿no conseguimos prolongar el páramo espiritual en que ha devenido nuestra decadente piel de toro?

La noticia del manuscrito de “Poeta en Nueva York” es algo menor, interesante tan solo para expertos y entregados lectores de Lorca. Pero aquí se magnifica como si hubiésemos descubierto la fusión fría. Lorca y Cervantes, nada más, a pesar de todo lo bueno que tenemos por ahí, de fabricación propia o de importación. A veces pienso que tanta ceguera se debe a la gran ignorancia que impera. Otras, que todo es una maniobra para que sigamos sin ver nada. En cualquier caso, ahí están, muertos de frío, en estantes llenos de polvo, los versos de Manrique, Garcilaso, Fray Luis, Aldana, San Juan, Góngora, Quevedo, Sor Juana Inés, Espronceda… por citar solo a unos pocos.

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