Memorables XCI: Avatar

James Cameron, más que como director, pasará a la historia por haber incorporado efectos especiales decisivos a sus películas. “Terminator 2” y “Titanic” le valieron la autoproclamación de rey del mundo. “Avatar” supuso un adelanto único en los efectos digitales y en el 3D. Curiosamente, ninguna de las dos últimas películas citadas necesitó de un guión sólido para triunfar en taquilla, prueba de una industria y una sociedad en plena decadencia.

“Avatar”, sin ser en ningún caso una obra maestra, es magnífica en todo lo que tiene que ver con lo visual. En primer lugar, la recreación digital de Pandora y toda su esplendorosa naturaleza donde conviven en armonía las más variopintas especies es un alarde técnico y visual.

Porque, en segundo lugar, aparte de la evidente pericia técnica que impera en el filme, lo artístico es absolutamente sublime. Quizás sin darse cuenta, Cameron nos regaló un mundo de ensueño donde la piel azul de los nativos tan solo es la guinda de una producción donde hay escenas sobrecogedoras tan solo por su presencia, como, por ejemplo, la de las semillas del árbol “mágico” cubriendo al protagonista.

Si a todo este alarde artístico-técnico se une la tecnología 3D –que nunca más ha alcanzado (ni siquiera se ha acercado) tamaño nivel– nos encontramos con una de las películas más sorprendentes y gratificantes de siempre.

Y, tal y como están las cosas, para triunfar no era necesario un buen guión, ni siquiera unas buenas interpretaciones. La historia de “Avatar” es simple, previsible. Un poquito de mensaje ecologista sirvió para que las masas, aleladas ante el monumento visual, acudieran al cine como manadas anhelantes de virtualidad revolucionaria.

“Avatar”, como argumento, es un filme menor. Pero su grandiosidad técnica y artística la han convertido en un clásico ineludible. Que, por si fuera poco, entretiene a los jóvenes como si fuese la mejor película del mundo. Bella, pero sin seso.