Pésima Anna Karenina

En el siglo XIX era habitual que una joven de buena familia fuese obligada a casarse con alguien mayor y/o aburrido… estólida provocación a un futuro adulterio, magnífico argumento para cualquier género literario. Surgieron así las figuras de, entre otras, Emma Bovary, Ana Ozores o Luisa, la protagonista de “El primo Basilio”. Sobre todas ellas se alza, imperial, Anna Karenina, la magistral creación de León Tolstói, un personaje literario tan pleno que posee más matices que una persona de carne y hueso.

En la colosal “Anna Karenina” se recrea un universo entero a partir de sus muchas y deliciosas páginas. Junto al adulterio de Anna con Vronsky, aparecen otras historias tan importantes con la central, tramas como la de Levin y Kitty, la de Dolly y Oblonsky, al tiempo que Tolstói realiza una ácida descripción de la Rusia de su tiempo. Si hay un libro poco cinematográfico, un libro que es necesario leer con calma, placer, acariciando incluso cada página, ese es “Anna Karenina”.

El cine, no obstante, siempre con sensación de fracaso, en numerosas ocasiones ha llevado este adulterio a la gran pantalla. La adaptación menos mala es la de Greta Garbo. Ahora nos acaba de llegar la última, dirigida por Joe Wright, una especie de broma pesada donde nada parece ajustarse al original decimonónico. Se ha pretendido que Keira Knightley, tan delgada, tan frágil, tan etérea, se convierta en aquella espléndida mujer que construyó Tolstói. Por si fuera poco, aquí deviene en un personaje plano, una histérica esclava de la carne más semejante a Emma Bovary que a la rusa.

Lo peor, no obstante, es que Wright, de manera análoga a lo que hacen numerosos directores de escena operística, se ha querido poner por encima de la historia, como si fuese más grande que Tolstói. Así, “Anna Karenina”, el filme (?), se ambienta en un teatro, como si quisiera jugar a Shakespeare, y, para más inri, los actores actúan de manera exagerada y excesiva, dando al conjunto un aire de grotesca farsa que parece ridiculizar y despreciar la novela original.

Y nada de eso sería criticable -que cada cual haga el necio como quiera- si no se estuviera destrozando una de las obras maestras de la literatura universal. Si Joe Wright es tan grande, ¿por qué no desvirtúa sus propios argumentos, por qué no hace el gañán con una historia propia? ¿Por qué se dedican a joder los grandes clásicos? ¿Es pura torpeza, mera ignorancia, o hay detrás de todo ello un plan maquiavélico para embrutecer a las masas?

“Anna Karenina”, en todos los aspectos -incluso en el oscarizado vestuario-, es una de las peores películas que jamás haya visto. Todo rechina. Especialmente las interpretaciones, que convierten las perfectas creaciones de Tolstói en meras caricaturas de sus personajes, y la adaptación, que consigue vaciar el magistral argumento original. Todo ellos escudándose detrás de uno de los títulos más míticos de la creación humana.

Por si fuera poco, nos hacen creer que Anna prefiere, antes que a Jude Law, al Vronsky de porcelana que aparece en pantalla. ¿Es que nadie tiene un mínimo de sentido común para poner freno a estos creadores que, sin ser nada, se creen superiores a Tolstói, Shakespeare o Chejov? Afortunadamente, en España no tenemos cineastas que lean a menudo a Galdós, Cervantes o Baroja.