El hombre que fue jueves

Hubo un tiempo en que intelectuales de la talla de Gilbert Keith Chesterton y George Bernard Shaw polemizaban sobre lo divino y lo humano, aportaban ideas a cualquier disciplina mientras creaban obras literarias de primer orden. Que un sistema educativo se atreva a ignorar las palabras de estos genios de la paradoja sin aportar dignos sustitutos dice bastante poco de ese sistema, de su país, de su hemisferio. Estamos sumidos en salvaje crisis económica fruto de una perversa crisis de amoralidad… pero a la postre nuestra crisis más profunda y aterradora es la de las ideas. Por eso Chesterton, Shaw, Baroja, Unamuno, Svevo, Kafka, los dos hermanos Mann… están tan trasnochados. Trágica situación.

Chesterton es un genio único. Su principal preocupación vital estuvo relacionada con la religión. Sin embargo, incluso en sus escritos más serios, como “Heterodoxos”, tiraba del humor para amenizar su mensaje. No daba puntada sin hilo, y además lo hacía con compleja y divertidísima filigrana.

La obra de Chesterton es inacabable. Su Padre Brown es una de las figuras señeras de la novela policiaca. Sin embargo, la gran novela del escritor británico es “El hombre que fue jueves”, una obra sin género donde se mezcla el humor más chusco con una trama surrealista en un entorno de crítica mordaz contra el Occidente de su tiempo, temeroso de todo y, empero, audaz en su declive espiritual y ético.

“El hombre que fue jueves” cuenta la historia de Gabriel Syme, un poeta que se mete a policía y, sin darse cuenta, se convierte en miembro de un consejo de siete anarquistas -uno por cada día de la semana- que pretende acabar con la civilización occidental. Liderados por el gigantesco Domingo, la acción va dando giros hasta resultar que nada es lo que parece, que seis de los grandes terroristas son realmente policías luchando contra el terrorismo. El final apenas explica nada, todo tiene aire de pesadilla sin sentido, pero al mismo tiempo entretiene, divierte, hace reír mientras genera un profundo desasosiego: todo es falso pero resulta tenebrosamente cercano.

Chesterton escribió esta novela en plena crisis religiosa, pocos años antes de la Primera Guerra Mundial. La trama, un alarde vanguardista antes de la eclosión de las grandes Vanguardias literarias, es, antes que nada, una severa crítica contra Occidente. Hay tanto miedo al terrorismo anarquista que al final todos lo parecen. Se persiguen sombras mientras se ignora la realidad más cercana. El mundo parece al borde del apocalipsis, pero las amenazas más creíbles son las más falsas. Todo por culpa de una sociedad enferma, de unos políticos ineptos, de unos seres humanos alejados de su esencia.

“El hombre que fue jueves”, entretenidísima novela policiaca, divertidísimo juego literario sin final coherente, es una obra maestra, visionaria, perfectamente aplicable a nuestro mundo sin necesidad de tocar nada. Ante una sociedad enferma, los pocos hombres con algo de ilusión y algún ideal se dejan llevar por falsos temores, por amenazantes mentiras, por hombres poderosos sin sustancia. Mientras, el mundo parece abocado a su autodestrucción. No resulta extraño que personajes como Chesterton desaparezcan de los planes de estudio. Después de todo, eran cultos, críticos, amargos, demasiado humanos… y, además, tenían talento.

Chesterton, Shaw, Unamuno, Baroja, Svevo, los hermanos Mann, Kafka son, en definitiva, demasiado peligrosos.

P.S.: Ha muerto Stephane Hessel, autor de “Indignaos”, panfleto antisemita que conmovió las conciencias de la masa desde un completo vacío de ideas lleno de ideología neomarxista. Hessel, de biografía interesantísima, como intelectual era mediocre. Ideal para las alabanzas en 2013. Nada.