Memorables LXXXVII: Delitos y faltas

Un hombre, a punto de contratar a un matón para que asesine a su amante, afirma lúgubremente: “Dios es un lujo que ahora no me puedo permitir”. Minutos después, un engolado productor de éxito sentencia que “Edipo es la cuna de la risa”. Jamás, ni en el cine de Woody Allen ni en ningún otro, se han combinado tan bien comedia y tragedia como en “Delitos y faltas”.

El filme, de 1989, cuenta dos historias bien diferentes. En la primera a un oftalmólogo de éxito se le rebela la querida, lo que da pie a un hondo drama que invita a la reflexión ética y existencial. En la otra el neurótico alleniano dirige un documental sobre su cuñado, la persona que más odia en el mundo, lo que se convierte en deliciosa comedia sardónica y crítica.

Woody Allen, por fin, consiguió dar sentido y coherencia a su lado bergmaniano. Y lo hizo al combinarlo con su espíritu cómico, una fórmula que ha usado desde entonces en más de una ocasión. Lo genial de esta ocasión es que los respectivos protagonistas de tragedia y comedia se encuentran al final, y los dos mundos, los dos géneros, sus dos vidas se cruzan para dejar mil y una preguntas para que responda el espectador.

“Delitos y faltas” es una de las obras cumbres del genio de Brooklyn. Cada personaje, cada escena, cada plano, está perfectamente medido para servir a un soberbio guión. Aparte, Martin Landau, Anjelica Huston, Alan Alda y el resto del elenco vuelven a bordarlo, lo que suele ocurrir en las películas de un director que, dicen, no dirige a sus actores.

Aparte, “Delitos y faltas” es una delicia en todos los apartados, técnicos o artísticos. La fotografía de Sven Nykvist es una orgía visual, el montaje, una obra maestra… y la selección de la música, una de las grandes virtudes de Allen, roza la perfección, desde Bach hasta Irving Berlin, sobre todo el “Cuarteto de cuerda” de Schubert para los momentos de mayor tensión trágica.

Y así, combinando los distintos apartados que lo componen, se logra una película redonda. Cine de autor, pero cine de industria. Que es, a la postre, lo que caracteriza a Woody Allen, lo que le convierte en un cineasta único y, en ocasiones, magistral.