Ortografía y realidad

La prensa del movimiento publicó, el pasado domingo, un artículo sobre la pésima ortografía que caracteriza la escritura de los estudiantes universitarios españoles. Hoy en día, ‘habrir’ es una falta frecuente. Sin embargo, tan solo es una falta más notoria que las innumerables que por todos lados aparecen en los trabajos, textos y exámenes de escolares, bachilleres, licenciados y posgraduados. Actualmente, la ortografía establece unas reglas y los jóvenes las ignoran de manera casi sistemática.

Así, son incapaces de poner una tilde para marcar un hiato o insisten en ponerla en una palabra llana terminada en diptongo. A menudo no saben distinguir entre ‘a’ y ‘ha’, aunque sean tan diferentes, aunque aparezcan en sitios tan dispares. De la b y la v, de la g y la j, de la h, ¿para qué hablar?

Los profesores universitarios parecen abogar por un mayor rigor a la hora de corregir ejercicios. En la Comunidad Valenciana van a ser tan osados como para bajar hasta 3 puntos en el examen de selectividad de Lengua y Literatura. Es decir, el ignorante absoluto de las reglas ortográficas podrá sacar un 7. Y ser universitario. Quizás, si se aplica, llegará el día en que escriba sentencias con brutales faltas de ortografía. A eso parece reducirse el aumento del rigor examinador. Porque, como se aduce en el citado artículo, la culpa es de los letreros de comercios con faltas, de internet, de los mensajitos de móvil o twitter. Tampoco nos pasemos en la severidad a la hora de juzgar a los pobres niños.

Sin embargo, nuestra dictadura cultural vuelve a equivocarse. La pésima ortografía con la que se escribe hoy en día es tan solo un síntoma más de la decadencia de un sistema educativo que, en ningún caso, está destinado a enseñar a leer, escribir y, sobre todo, pensar. Envueltos en el clima de molicie social -lo esencial es terminar los estudios-, hijos de una desatención crónica consecuencia de mil pantallas y ningún orden, los alumnos pasan por el colegio estudiando decenas de reglas ortográficas ininteligibles, poniendo nombres raros a cosas conocidas, analizando sintácticamente oraciones y conjugando tiempos verbales que, sin saber sus nombres, manejan competentemente en la vida cotidiana.

En definitiva, en el colegio, en la asignatura de Lengua y Literatura, se aprende de todo menos al correcto manejo del castellano. El examen de selectividad lo puede aprobar alguien con dificultades para comprender un texto relativamente sencillo y completamente incapaz para construir un relato, un poema o una opinión argumentada.

Pero eso, la evidencia del completo fracaso de una asignatura pésima y arcaicamente planteada, de todo un sistema, apenas importa porque apenas se ve. Según los modos del siglo XXI, ‘habrir’ es un dislate imperdonable, pero no comprender una descripción de Baroja es algo lógico, normal, disculpable. De nuevo la forma sobre el fondo, las apariencias sobre las esencias.

Lo que no entiendo es cómo narices, en este clima de permisividad absoluta que respiran sociedad y autoridades educativas, van a imponer ninguna medida destinada a mejorar la ortografía. Aunque no hay que preocuparse: un gurú internáutico ha augurado el fin de la escritura tradicional; muerto el perro, se acabó la rabia.

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