Lección magistral de Concha Velasco

La verdad es que las ceremonias de los Goya, a pesar del tremendo error del pasado domingo -los que entregaron el premio a la mejor canción original no se enteraron de que el nombre del ganador está en el nombre cerrado, no fuera de él- han mejorado en los últimos años. Priman los esmóquines y los trajes de diseño. Hay glamour en el aspecto y las formas de los invitados y los anfitriones. Quizás por eso la cuota televisiva supera el 20%. Quizás por eso no resulta tan difícil de ver algo tan esencialmente aburrido.

Sin embargo, tras el brillante monólogo de entrada de Eva Hache, la ceremonia derivó por donde suele. Más allá de la anécdota antes citada, se convirtieron en noticia las críticas antes que los propios premios. Salidas de tono como la de Candela Peña consiguen que el cine se quedé en segundo plano, que fracase tan magnífico vehículo mercadotécnico. Si se hace bien, como Enrique González Macho, presidente de la Academia, o la propia Eva Hache, la crítica llega sin perjudicar al cine. Si se hace en tono tendencioso y exagerado, el cine español vuelve a perder espectadores. Algo de lo que, a pesar de las cifras del año pasado, no anda demasiado sobrado.

Aparte, la gran triunfadora de los Goya fue “Blancanieves”, aburrida película de tono grotesco y casposo, más una “españolada” que una película de ambiente español. Tras “La soledad” y “Pa negre”, no recuerdo otra película tan minoritaria como favorita de los miembros del cine español, siempre tan tendentes a la algarada a pesar de vivir, por ley y por subvención, a costa del contribuyente antes que del espectador.

Parecía otra noche más, otra oportunidad perdida. Pero entonces salió Concha Velasco. Le daban el Goya de honor. A ella, que se hizo famosa cuando el cine español gustaba a los españoles. La artista, en lugar del discurso ñoño de rigor, se transformó en escena para contar cómo perdió un Goya a manos de Emma Suárez. Con gracia, desparpajo, con tablas, la Velasco fue dando una lección de correcta interpretación -ella, señores académicos, vocaliza- al tiempo que se reivindicaba como la gran actriz que fue, es y será. Gracias a su monólogo, a “su papel”, la gala subió enteros, se llenó de interés. Porque, ante cientos de privilegiados testigos, montó un numerito de primera magnitud dramática.

Por si fuera poco, Concha Velasco, a pesar de la crisis, ahí está, actuando en el teatro. Infatigable, como los grandes cómicos de siempre. Sin decir una palabra más alta que otra fuera del escenario. Es una gran diva, una espléndida artista, otro ejemplo de la tercera edad para esas generaciones que han venido después y son incapaces de reaccionar.

La gala de los Goya del domingo se perdió en premios a obras minoritarias y en críticas fuera de tono. Parecía que iba a ser otra noche desperdiciada. Pero salió Concha Velasco y todo cambió. A partir del puro teatro, el espectáculo reaccionó. Ahora solo falta que el ejemplo de esta inmortal actriz cunda entre sus colegas. Si es que es eso es posible.