Django desencadenado

En un principio, no quería ver “Django desencadenado”. Después de que me fascinara con “Reservoir dogs” y “Pulp Fiction”, Quentin Tarantino dejó de interesarme y, más adelante, comenzó a enojarme con su constante apología de la violencia. Pero las loas de la crítica, las muchas candidaturas al Oscar y la presión de numerosos conocidos finalmente me empujaron al cine, con muchas ganas, incluso, de ver el filme. Ese es el peso del entorno.

Durante el primer tercio del filme, pensé que no me había equivocado. La primera hora de “Django desencadenado” es una lección de buen cine. Hay dominio de la elipsis narrativa y la tensión dramática, una ejemplar presentación de personajes, buenos guiños cinéfilos… Es un vehículo entretenido, bien hecho y con gran capacidad crítica. La parodia del Ku Klux Klan es antológica. Como lo es en general la interpretación de Christoph Waltz.

Pero entonces termina la lección y comienza la desmesura tarantiniana. Desde que comenzase con un filme de bajo presupuesto, el ego del director no ha dejado de crecer, así como sus principales defectos. Cada escena se eterniza, alargándose más de lo debido, interrumpiendo el tempo narrativo y diluyendo la tensión dramática. Aquí, por lo menos, los desmesurados diálogos tienen que ver con el argumento, pero aun así se echa en falta un productor con poder y unas sabias tijeras.

Así, desde que Django y colega comienzan el rescate de la esclava y entra en juego el personaje de Leonardo Di Caprio junto a sus secuaces, el filme se detiene en un ritmo cansino y soporífero. Las escenas del burdel, del viaje, de la llegada, de la cena… todo se hace eterno. Tras el rapidísimo ritmo de la primera hora, llegan dos horas de cine “europeo”, donde desaparece cualquier intención de homenaje para dar rienda suelta a los deseos disparatados de un creador que se cree, quizás con razón, el rey del mundo.

Y que “Django desencadenado” aburra es cuestión de gustos. Pero, de nuevo, el maniqueísmo de Tarantino se traduce en una crítica de la violencia de los malos -crítica que no impide que el director se deje llevar por su amor a la provocación, a la truculencia, al morbo- y una justificación de la violencia vengadora de los buenos. Tras la mucha sangre, tras el negro sentido del humor que se esconde tras las macabras escenas de acción, vuelve la apología de la violencia. Llena, por otro lado, de atroz aburrimiento.

Tarantino y “Django desencadenado”, no obstante, han conquistado a crítica y público. Y no es disparatado decir que quizás se conviertan en los grandes triunfadores de los Oscar. Si no fuera porque vivimos en un mundo cabreado que necesita desfogarse de cualquier manera, sería preocupante. Que su cine guste más o menos es cuestión de gustos. Que gentes de todas las edades celebren la violencia gratuita y justificada de “Malditos bastardos” y este su último estreno, revela la amoralidad de la actual sociedad.

Lo peor es que, la próxima vez, la presión de mi entorno volverá a hacerme cambiar de opinión. Las tendencias son las que son, y uno no puede cerrar los ojos ante el cine que asombra y emociona a sus congéneres. Lástima que, en el siglo XXI, este lleve la firma de Quentin Tarantino.