Sin reglas

A la entrada del monasterio de Suso, en San Millán de la Cogolla, encuentras un cartel donde se indica que está prohibido hacer fotos. Una vez dentro, los turistas españoles no dudan un instante en ponerse a usar las cámaras fotográficas sin pudor alguno mientras el guía “hace” la visita. Abajo, en Yuso, tan solo te dicen que están prohibidas las fotos con flash. A pesar de ello, alguno usa tal artefacto en las zonas más oscuras del recinto. Parece necesitar romper la regla de turno por el simple gozo de hacerlo.

España funciona sin reglas. En el metro de Berlín, o en el de Viena, no hay tornos que controlen la entrada. Uno debe comprar el ticket, pero jamás vi un revisor. Los españoles, por supuesto, aprovechan la ausencia de controles y se regocijan sonoramente de la candidez centroeuropea. Después de todo, pertenecemos a un país donde se alaba a aquellos que no pagan impuestos. Hay gente que lleva veinte años trabajando y jamás ha presentado un impreso del IRPF. Incluso se jacta de jamás haber pagado nada a la Seguridad Social. Lejos de denunciarles, nos callamos mirándoles con un leve deje de envidia. A ellos nos les caen jamás esas escasas inspecciones que, nada aleatoriamente, siempre les tocan a los mismos… pringaos.

Las carreteras son otro punto revelador. Nadie respeta un solo límite de velocidad. Aún menos en las ciudades. Muchos usan unos aparatos electrónicos que te avisan de dónde están colocados los radares para esquivar el peso de la ley que, por otro lado, le cae siempre al mismo pringao mientras unos cuantos conductores temerarios cambian inconscientemente de carril jugándose su vida y la del prójimo.

Cada fin de semana, en cualquier rincón de España, los menores de edad celebran botellones donde se transgrede la ley… dos veces. La policía puede estar justo enfrente de ellos, pero muy rara vez hace nada, no vaya a ser que el guardia de turno se meta en un lío por abuso de autoridad frente a un infractor que, según nuestra ausencia de reglas, puede incluso insultar a la autoridad.

Jamás se ha visto en España, ni en ningún sitio, tamaña ausencia de valores, tan descarada falta de respeto a cualquier tipo de reglas. El que las cumple, es un pringao. El que no se las salta, también. El “mejor”, como si estuviésemos bajo el imperio de las ideas de Antifonte, es el que lo hace cada vez que tiene oportunidad aunque ni siquiera revierta en su provecho ni en el de nadie.

De ahí que, en España, una huelga no solo se considere un derecho sino también una obligación, de tal manera que los piquetes puedan obligar a cerrar comercios sin que les pase nada. Durante una jornada de huelga, aunque sea temeraria y haga más daño que bien a la economía nacional, se permite insultar impunemente al que decida no dejar de trabajar o comer en un restaurante que se haya atrevido a abrir. Somos libres solo si nos atenemos a sus exigencias.

Por eso mismo cada manifestación, que cada vez menudean más, termina como el rosario de la aurora porque unos vándalos se dejan llevar por su espíritu violento e ignorante ante la mirada nada reprobatoria de sus compañeros, más pacíficos, de “manifa”. Da la impresión de que la acción de estos peligrosos sujetos da más enjundia a la protesta de turno.

España no va bien. Nuestros políticos no van a arreglar nada. Menos aún nuestros mal llamados agentes sociales, que despóticamente se arrogan una representación de la que carecen. Pero el principal de nuestros males es social. Si no aprendemos a respetar un mínimo algunas reglas, jamás conseguiremos salir del hoyo. No es que vivamos en una anarquía fáctica por la incapacidad de la casta política. Es que vivimos en una selva que nosotros mismos construimos día a día.

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