Bárbaro Halloween

Supongo que son cientos las páginas escritas sobre la inadecuación de la celebración de Halloween la víspera del día de Todos los Santos, a su vez víspera del de Difuntos, aquel que una vez desesperó a Mariano José de Larra. Supongo que las quejas se deben a la nostalgia por épocas en las que, por estas fechas, menudeaban los estrenos de “Don Juan Tenorio”, la gente respetaba a sus mayores y lo demostraba acudiendo al cementerio con flores, lágrimas y un puñado de recuerdos.

Supongo que los tiempos cambian y las sociedades evolucionan, que hay que aceptar los nuevos modos y añorar sin queja lo de antaño aunque se considere mejor. Supongo, por tanto, que debemos aceptar, con resignación cristiana -valga el juego de conceptos-, esa fiesta hortera, macabra e insalubre que es Halloween.

Por lo menos en su condición de bárbara, de extranjera, de extraña a nuestras costumbres… Aunque no se me ocurra nada más feo que la estética de Halloween, hay que aceptarlo tal y como viene.

Por el contrario, sí que hay que renegar y protestar por algunos modos que acompañan al dichoso Halloween. Aparte de basarse esencialmente en una extorsión -¿Truco o trato?-, se va extendiendo la costumbre de que, si en una casa no te dan chuches, es lícito, incluso conveniente, tirar huevos como protesta por la falta de colaboración en el pedorro festejo. Aparte del gran regocijo que tamaña gamberrada debe despertar entre los jóvenes, es una manera inteligente de hacer más eficaz el chantaje que cimenta todo el perverso asunto. Pero, conociendo la sociedad en la que vivimos, ¿qué pasa si todo el mundo reparte caramelos y al final nos sobra un montón de huevos?

La llegada de Halloween, como tal, es un síntoma más de la pérdida de identidad de nuestra sociedad. Aparte, en su versión práctica española, es buena muestra de nuestra pérdida de valores. Tirar huevos es algo concebible, incluso bueno, porque así los niños se lo pasan bien al tiempo que se dan un atracón de azúcar industrial. Si además es excusa para dar rienda suelta a los más bajos instintos de nuestra violenta naturaleza, algo que ahorramos de cara al futuro.

Por supuesto, siempre ha habido bromazos. Recuerdo haber hecho algunas cosas bárbaras el 28 de diciembre, allá en los 80. Pero, aparte de que esa fecha sigue celebrándose como día de gamberradas, siempre supimos que lo que hacíamos estaba mal. Éramos inmorales. Ahora, la broma de los huevos -o cualquier otra que tenga a Halloween como excusa- se concibe como algo normal, no hay daño en el mal ajeno. Somos amorales.

Por tanto, si aquí me quejo de Halloween no es porque nos haya sido impuesto desde fuera y haya sido aceptado como propio sin esfuerzo. Me repugna estéticamente; sin embargo, lo acepto con tristeza pero sin ira. En cambio, que sirva de excusa para demostrar cómo son de bárbaros los ciudadanos del futuro me repugna éticamente y me enoja sobremanera; aunque sepa que el asunto de los huevos de Halloween es simple consecuencia de la ausencia de una escala de valores y del suicidio educativo de la sociedad, y jamás causa de ninguno de nuestros males, manchurrones y cristales rotos al margen.

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