Memorables LXIX: Las amistades peligrosas

Por esas extrañas razones que mueven modas y querencias, a fines de los 80 se realizaron dos versiones de la novela “Las amistades peligrosas”, de Pierre Choderlos de Laclos. La titulada “Valmont”, de Milos Forman, gustó más a los críticos porque es muy lenta, pesada, europea. La otra, la dirigida por Stephen Frears, triunfó en taquilla gracias a su espectacular representación de la época y las soberbias interpretaciones del elenco al completo.

Las amistades peligrosas”, la del director británico, aúna las mejores virtudes del cine británico y del norteamericano. La fotografía, la dirección artística, la ambientación en general es soberbia, como sólo los ingleses saben hacer.

A eso se une un espléndido guión que convierte el culebrón epistolar de Laclos en un espectáculo grandioso que mantiene atrapado al espectador durante dos horas de metraje. Como curiosos impertinentes, nos quedamos embobados viendo el cruel juego que mantienen dos aristócratas franceses a costa de los prejuicios y sentimientos de su entorno, completamente lejano a su inmoralidad.

Pero nada de esto habría sido nada si no llega a ser por las magníficas interpretaciones. Aparte de los personajes secundarios, como los de Michelle Pfeiffer o Uma Thurman, sobresale la pareja protagonista, esos canallas absolutos en los que se convierten Glenn Close y John Malkovich, dos artistas en estado de gracia que tocaron el cielo profesional y de popularidad.

Sin estos dos actores, poco habrían valido “Las amistades peligrosas”. Y gracias a ellos el clímax –con el cazador cazado que se arrepiente y venga en su último estertor de bellaquería y el primero de amor desinteresado, y con la aristócrata que ve cómo sus enredos se vuelven en su contra– alcanza cotas magistrales.

Como prueba, la escena final, Merteuil/Close frente al espejo, desmaquillándose, mostrando con la mirada y una sola lágrima lo que supone la completa derrota de un ser humano, el descubrimiento de que somos responsables de nuestros actos. Un desenlace con el que hasta Aristóteles se habría conmovido.