Dos anécdotas curiosas

A pesar de que los principales expertos consideran absurda la idea de que Shakespeare no escribiese sus obras, desde hace dos siglos proliferan estas teorías basadas en simples conjeturas, pues nunca se ha conseguido presentar ninguna evidencia que demuestre que el bardo de Stratford-upon-Avon era tan solo un pelele en manos de otros supuestamente más capacitados.

Tal es la fuerza actual de las corrientes antisespirianas que James Shapiro, gran conocedor del genial poeta y dramaturgo, ha escrito “Contested Will”, un repaso histórico al nacimiento y desarrollo de estas teorías. Como todo lo que escribe Shapiro, el libro es una delicia y, al tiempo que las desmonta, nos cuenta cómo, por ejemplo, Mark Twain, Henry James o Sigmund Freud murieron creyendo que alguien como Shakespeare no tenía la educación suficiente para crear obras de la talla de “Hamlet”, “El rey Lear” o “La tempestad”.

Como aún no ha sido traducido al español -si es que alguna vez se traduce, aunque hay un par de libros de Shapiro a disposición del público hispano- me limito a traer el libro a este rincón para resumir dos anécdotas ciertamente curiosas:

1º. Durante el siglo XIX la teoría con mayor pujanza fue la de que el verdadero autor de las obras de Shakespeare fue Sir Francis Bacon. Como este genial intelectual había escrito un tratado sobre códigos cifrados, fueron innumerables los estudiosos que buscaron mensajes ocultos en las famosas obras del inmortal bardo. Un tal Orville Ward Owen, incluso, fabricó una máquina descifradora. Ni que decir tiene que nadie descubrió un solo código medianamente creíble.

Los largos estudios en códigos cifrados, empero, tuvieron un efecto positivo. William Friedman fue reclutado por un “baconiano” para continuar el esfuerzo descifrador. Trabajó en unos laboratorios que, durante la Primera Guerra Mundial, fueron la principal fuerza americana de estudios criptoanalíticos. En 1921, Friedman comenzó a trabajar para el gobierno de los Estados Unidos, y durante la Segunda Guerra Mundial su labor fue decisiva para descifrar los aparentemente indescifrables códigos japoneses. Su labor fue inestimable, por ejemplo, para conseguir la victoria en la batalla de Midway.

Décadas de infructuosos estudios persiguiendo la demostración de un absurdo ayudaron a que Estados Unidos ganase una guerra. La sombra de Shakespeare, incluso negado, es alargada.

2º. A mediados de los años 70 del siglo pasado la otra gran teoría contra Shakespeare, que defendía la autoría del Duque de Oxford, estaba en pleno declive. No había ninguna prueba convincente, incluso las evidencias -como que Oxford había muerto antes de que se estrenasen las grandes tragedias sespirianas- estaban en su contra. La sociedad que defendía a Oxford apenas contaba con unas pocas decenas de miembros y estaba punto de desaparecer.

Pero entonces llegaron las nuevas tecnologías de la comunicación. Gracias en gran parte a internet, en solo 40 años la “candidatura” oxfordiana ha ganado miles de seguidores. En un sinfín de rincones de la Red se encuentran referencias al tema, negando a Shakespeare aunque no haya ni una prueba plausible sobre que él no fue quien se dice que fue. No solo eso: actores de prestigio, películas, libros serios, gente de primer nivel, incluso el “New York Times” se atreven a defender algo que, científica e históricamente, es indefendible. La Web se vuelve a mostrar como un arma perfecta para las teorías conspirativas, para la búsqueda de quimeras como la piedra filosofal dándoles el mismo valor que el de los mejores estudios universitarios o académicos.

“Contested Will” es una lectura magnífica. Aparte, muestra cómo se puede crear desde la nada -la primera vez que alguien negó a Shakespeare, muy avanzado el siglo XVIII, fue mediante un fraude- teorías que seducen a miles de personas a pesar de su imposibilidad esencial. Aunque a veces existan positivos efectos colaterales, la capacidad del hombre para el absurdo es abrumadora. Y, con internet a su servicio, es aún más preocupante. Menos mal que aún quedan sabios de la talla de James Shapiro.

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