Memorables LX: Million Dollar Baby

Bien merece la escena memorable LX una película como “Million Dollar Baby”, quizás mi preferida de lo que llevamos de siglo XXI, uno de los mejores filmes de siempre. Esta historia trata aparentemente de boxeo, pero en el fondo es un hondo drama que escarba en los más íntimos sentimientos y emociones de su trío protagonista.

Clint Eastwood, director, volvió a acertar de pleno al escoger el guión, esta vez de Paul Haggis. Cambiando completamente de registro respecto a su filme anterior, “Mystic River”, optó por una fotografía, obra de Tom Stern, que marcaba un claro contraste entre las luminosas escenas de los combates –lo único que rechina en el filme– con el asombroso tenebrismo de las escenas más íntimas.

Morgan Freeman, de nuevo, es en sí mismo todo un mundo dentro de “Million Dollar Baby”. Es el fracaso que sale adelante. Pero si la película es tan magnífica es gracias a la relación que se crea entre los personajes de Clint Eastwood y Hilary Swank, él un padre sin hija, un escéptico católico –valga el oxímoron–, un hombre necesitado de cariño que no sabe cómo proteger a sus pupilos, ella una infeliz en busca de su última oportunidad, de una familia, de una huida a su tenebrosa soledad.

Los dos, siempre bajo la atenta mirada y voz de Freeman, inician una improbable relación que va de la amistad a lo paterno-filial, del amor platónico a la necesidad mutua, una maravilla delicada y lírica que llega hasta lo más hondo del alma de los espectadores.

El final de “Million Dollar Baby” es sobrecogedor. Un monumento a un giro inesperado del guión que obliga a Eastwood al mayor de los sacrificios, cójase en su doble sentido. Así, aunque no haya encontrado la escena en internet, llegamos a un final desolador, solitario, donde una simple tarta sirve de grandísimo consuelo a un retiro resignado, necesario y desolador.

Eastwood, de nuevo, tocó el cielo con una de sus películas para así competir con sus maestros, sus hermanos mayores, aquellos que se llamaban Ford, Hawks, Lubitsch, Capra, Wilder… y que tan pocos discípulos tienen en nuestros días.