Resucitar a Philip Marlowe

Eugamón de Cirene rescató los personajes de Odiseo y Telémaco en  la “Telegonía” en el siglo VI a.C., dos siglos después de la inmortal creación de Homero. Es uno de los primeros intentos documentados de rescatar una figura literaria para lograr el beneplácito del público, algo que no ha sido inhabitual en la historia de la Literatura.

Por ejemplo, Amadís y Palmerín en el siglo XVI fueron protagonistas de innumerables mediocres novelas que Cervantes censuró en el “Quijote”, a su vez parodiado por Alonso Fernández de Avellaneda, quienquiera que fuese. Análogamente, Henry Fielding rescató a modo de burla la Pamela de Samuel Richardson para su hilarante “Shamela”, hermana a su vez de su “Joseph Andrews”.

Las resurrecciones serias han sido más habituales. El Cid o Don Juan, sin ir más lejos, han protagonizado numerosas historias en casi todos los rincones del globo. Lo mismo podríamos decir de Fausto, Antígona o Edipo. Incluso Arthur Conan Doyle se vio obligado a sacar de la tumba/cascada a Sherlock Holmes porque así se lo exigió el público. Algunos personajes, en definitiva, son tan inmortales que superan con creces los siglos o milenios de vida.

Parece ser que ahora John Balville/Benjamin Black –las dos caras de la misma moneda o, más bien, las dos monedas de una misma cara– va a resucitar a Philip Marlowe por petición expresa de los herederos de Raymond Chandler. El inmortal detective es un personaje único, paradigma de la novela negra, pero su fuerza, quizás, resida más en los diálogos nacidos del magín del genial escritor que en su propia personalidad. Chandler es un maestro de la palabra, y su personaje no es una especie de Sherlock Holmes, como atestiguan las muy diferentes miradas que el cine ha revelado en torno a Marlowe, de ningún modo tan reconocible como su antecesor de Baker Street.

En cualquier caso, será interesante observar si el cínico, duro y sagaz Marlowe tiene sentido hoy en día, pues su peculiar sentido de la sociedad podría parecer demasiado moralista en el mundo que vivimos. O si un personaje tan personal, valga la redundancia, puede tener personalidad más allá de su auténtico e inimitable creador.

Por otro lado, el deseo de volver a Marlowe no es más que otra manifestación de la crisis creativa que sufrimos. Hay detectives de primera magnitud en la literatura actual, como Montalbano –a su vez reflejo de Carvalho– o Wallander, pero carecen del carisma necesario para conmover a las masas. Más allá de la novela policiaca, apenas encontramos personajes tan reconocibles como Hamlet, David Copperfield, Vautrin, Anna Karenina o Gregor Samsa. La literatura actual parece más centrada en la trama, o en el mercado, que en los reflejos veristas de nuestra naturaleza.

En lo que llevamos de siglo XXI, tan solo recuerdo dos personajes absolutamente únicos, irrepetibles, genuinos representantes de la sociedad en la que nacieron: Lisbeth Salander y Katniss Everdeen (1), dos mujeres fuertes que sobreviven al desapacible mundo que las rodea. Claro que, al ser tan oscuras, hurañas, tan poco optimistas, chocan de pleno con la dictadura de lo políticamente correcto y del pensamiento único y positivo. De ahí que Marlowe quizás encaje en la ecuación: el detective de Chandler, al lado de esas dos, podría pasar por un protagonista de una película de Disney. Y es que este no es mundo para detectives propios del cine negro de los 30 y 40. De vivir ahora, unos pocos se suicidarían y los más se meterían a monje (2). No es este tiempo para héroes solitarios y escépticos para con la naturaleza humana.

(1) Frank Bascombe, otro grande, nació en el XX.

(2) Bien pensado, Marlowe en un convento podría dar pie a una más que interesante novela en plan “El nombre de la rosa” que, no lo olvidemos, a través de su protagonista resucitó de alguna manera al maestro Guillermo de Ockham.

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