Montajes vacíos

Tony Scott, empujado por la desesperación de una enfermedad incurable, se suicidó el pasado domingo. Como director, siempre el hermano pequeño de Ridley, dejó tras de sí una larga lista de películas de calidad mediana que, empero, triunfaron en taquilla. Entre ellas sobresalen “Top Gun”, “Amor a quemarropa”, “Enemigo público”, “Spy Games” o “Imparable”. Nada sorprendentemente, tan solo poseo en mi videoteca “El último boy scout”, quizás el mejor guión que tuvo la oportunidad de rodar.

Tony Scott nunca tuvo el apoyo de la crítica. A pesar de ello, su influjo en el nuevo cine ha sido esencial. Una de sus señas de identidad era el empleo de montajes nerviosos -de planos cortos y rápidos, cambio trepidante de perspectivas y confusión constante del espacio- en las escenas de acción. Así conseguía que sus películas fuesen de ritmo rápido, sin importar si uno perdía la noción de dónde estaban los personajes, de qué lugar procedían las balas o por qué explotaba este coche o aquel avión.

Scott, casi siempre, fue un seguro en taquilla. Quizás por eso fue un director que marcó las directrices de los estudios a partir de los 90. En lugar de montajes clásicos, de guiones eficaces, el ritmo necesario para atraer al espectador tipo del siglo XXI se obtenía en la sala de montaje sin necesidad de respetar el lenguaje básico del cine.

Un buen ejemplo de esta evolución es la saga Bourne. En “El caso Bourne”, de 2002, había una magnífica persecución en París, Matt Damon conduciendo un Mini, realizada por grandes especialistas, por magníficos cascateurs que, con su habilidad al volante, convierten en realidad las más inimaginables maniobras, dando verismo al largo, credibilidad al guión y emoción a las escenas.

Diez años más tarde llega la cuarta entrega de la saga, “El legado de Bourne”, donde la película, sin el misterio de sus tres predecesoras, culmina en una larga persecución en moto donde todo se consigue a partir de planos cortos, montaje más estresante que dinámico y, a partir de constantes saltos de eje y ausencia de raccord, falta absoluta de credibilidad. Sin embargo, todo pasa tan rápido que la secuencia adquiere cierta pátina de emoción, aunque a la postre todo sean fuegos de artificio.

El pasado lunes estuve viendo “Historias de Filadelfia”. En varias escenas la cámara se quedaba fija sobre tres personajes, de pie, uno al lado del otro. El ritmo se conseguía a partir de brillantes diálogos y el movimiento de las cabezas de los espléndidos artistas. No hacía falta montaje, porque había contenido.

En el siglo XXI, por el contrario, no hacen falta guiones ni grandes estrellas, porque hay medios técnicos de sobra. Hasta tal punto llega el declive que en el nuevo Bourne echamos de menos a Matt Damon gracias a la presencia de Jeremy Renner, uno de esos actores que siempre parecen necesitar un baño. Luego se quejan de que la gente no va a al cine.

En cualquier caso, echaremos de menos a Tony Scott que, sin ser un gran director, por lo menos tenía oficio. Nunca fue uno de mis favoritos, pero sus películas parecen obras maestras del cine de acción comparadas con la mayoría de las que se estrenan ahora. Quizás porque son sus hermanas mayores en la creación desde la nada y hacia la completa y famélica dependencia del montaje final. Scott fue un pionero. Descanse en paz.