Mitos de veras XXXIX: Greta Garbo

Si hubiese que definir el cine con el nombre de una sola estrella, habría que acudir al de Greta Garbo. Aquella mujer desgarbada, delgadísima, andrógina, cuando se daba la orden de rodar se transformaba en un ciclón interpretativo que, con su infinito carisma, devoraba la pantalla a dentelladas. Seguramente nunca haya existido en el cine un mito como el de la actriz sueca.

Su infancia fue terriblemente dura. Hija de un proletario, creció en uno de los peores barrios de Estocolmo. Aún adolescente comenzó a trabajar de moza en una barbería; más adelante de dependienta en unos grandes almacenes, donde la escogieron para protagonizar los anuncios que se proyectaban en los cines.

Así la descubrió Mauritz Stiller, que le dio su gran oportunidad en “La saga de Gosta Berling”. Curiosamente, Louis B. Mayer, en 1926, al que contrató fue a Stiller, que exigió que en su aventura americana le acompañara Greta Garbo. El mítico productor aceptó a regañadientes, para, después del estreno de “El torrente”, darse cuenta de que había contratado a un personaje irrepetible.

A finales de los años 20, Greta Garbo era la reina del mundo entero. Entonces llegó el cine sonoro. Su fuerte acento prometía el fin de su carrera. Pero la Garbo era demasiado grande. Con “Anna Christie” convenció al mundo de que sabía hablar, y de que hablando su magia era aún mayor.

A partir de ahí, sus películas más recordadas: “Mata-Hari”, “Gran Hotel”, “La reina Cristina de Suecia”, “Anna Karenina”, “Camille” y, sobre todo, “Ninotchka”, que se promocionó con el eslogan “La Garbo ríe”. Su penúltima película, pues tras la siguiente, “La mujer de las dos caras”, un fracaso de taquilla y crítica, Greta Garbo anunció, a los 36 años, que se retiraba de la gran pantalla.

Aunque fueron muchos los rumores acerca de su retorno, Greta Garbo se enclaustró lejos de los focos y las cámaras. Aquella frágil mujer, sin cine, era una más. Sin embargo, dejó tras de sí memorables interpretaciones y, sobre todo, la sensación de que ella fue, ha sido, y será el mayor mito de Hollywood, es decir, del cine, hasta el punto de que su nombre es casi un sinónimo del séptimo arte.