De quitarse tres sombreros de copa

A finales de los años 40 del siglo pasado, Enrique Jardiel Poncela, ya en franca decadencia física y creativa, encontró dos jóvenes y entusiastas aprendices que le asistieron durante sus últimos años de vida y, a la postre, se convirtieron en sus discípulos. Uno, Miguel Martín, aprendió del maestro todos los recursos del humor. El otro, Gustavo Pérez Puig, los del teatro en todas sus vertientes.

Precisamente el mismo año en que murió Jardiel, 1952, Pérez Puig estrenó con el Teatro Español Universitario “Tres sombreros de copa”, escrita veinte años antes por Miguel Mihura. Solo aquel joven supo darse cuenta de la enorme trascendencia de la obra y se atrevió a estrenar la obra inicial y culminante de lo que en otros lares denominan teatro del absurdo.

Al año siguiente, Gustavo Pérez Puig continuó abriendo caminos al estrenar “Escuadra hacia la muerte”, de Alfonso Sastre, obra que, junto a la de Mihura, son lo mejor de la dramaturgia española de la posguerra. Un joven director teatral comenzaba a convertir en feraz el páramo intelectual y moral de la España franquista. Y su labor no terminaría hasta que ayer falleció en una clínica de Madrid.

Pérez Puig continuó estrenando viejas y nuevas obras. Seguramente nadie haya comprendido mejor “La venganza de Don Mendo”. Ni a Jardiel. Ni a ningún otro gran dramaturgo español. Entre sus muchos méritos destaca el de haber llevado por primera vez a las tablas muchas de las obras de Antonio Buero Vallejo.

Además, con el nacimiento de Televisión Española Gustavo Pérez Puig encontró un hueco para dejar a la posteridad su sobria mas espléndida visión sobre el teatro. Dirigió decenas de grandes obras. Personalmente, me quedo con su “Doce hombres sin piedad”, tan buena como la peli de Sidney Lumet, y su “Don Juan Tenorio”, protagonizado por Paco Rabal y Concha Velasco.

Como director de teatro, Gustavo Pérez Puig siempre se caracterizó por cuidar a los actores, por descubrir nuevos talentos y dar oportunidades a los viejos. Quizás su mejor descubrimiento llegó en plena Transición. Íntimo amigo de Adolfo Suárez, le forjó como hombre público y maestro de la oratoria para ayudarle a convertirse en el líder carismático que necesitaba España en aquellos momentos. Labor sorda que muestra la grandeza de un genio.

Para el público actual, Gustavo Pérez Puig es famoso por su labor en el Teatro Español de Madrid entre 1990 y 2003. Con sus espléndidos estrenos de Jardiel, Zorrilla, Buero y muchos otros, consiguió que el público acudiese en masa a un espectáculo por aquel entonces en plena crisis. De esa etapa destaca su versión de “Cyrano de Bergerac”, por primera vez en castellano completamente vertida al verso gracias a la pluma de Jaime y Laura Campmany.

Cuando le largaron del Español, que desde entonces anda moribundo, Gustavo Pérez Puig optó por crear compañía para llenar teatros de toda España. Siempre respetuoso con los originales, buen conocedor del público, al que quería entretener antes que nada, solía decir que “siempre que haya problemas, basta con estrenar a Jardiel o a Don Mendo”. Por eso, como empresario cosechó numerosos éxitos.

La muerte de Gustavo Pérez Puig nos arrebata a uno de los personajes fundamentales del teatro español de los últimos 60 años. Clásico en el sentido de que siempre servía al público, humilde ante las grandes obras pues nunca quiso ponerse por encima de ellas, enemigo de los dislates posmodernos, como director teatral supone un hito de nuestras letras. Algo que trasladó a las videotecas gracias a su maestría en Estudio 1. Discípulo del más grande dramaturgo español del siglo XX, apenas deja una discípula, su querida esposa, Mara Recatero. Este no es un buen país para ser un genio. Además, como decía el propio Jardiel, “nada hay peor en España que ser intelectual y de derechas”.

Descanse en paz una pieza fundamental de nuestro teatro, Gustavo Pérez Puig, cuyo nombre, claro está, no aparece en los libros de texto.

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