La sumisión a las masas

Parece ser que las distribuidoras de cine han pospuesto sus grandes estrenos por culpa de la Eurocopa de fútbol. Por ejemplo, “Prometheus”, la precuela de “Alien” rodada por Ridley Scott, uno de los filmes más esperados del año, en España se estrenará dos meses más tarde que en gran parte del mundo. Que en Alemania y dos o tres países europeos más ocurra lo mismo retrata óptimamente una sociedad que tan pronto se rinde ante los cantos de sirena del balompié.

El fútbol no solo es el deporte rey; es el circo de nuestros días, una forma de tener controlado al pueblo por parte de los de arriba, una espléndida forma de consuelo y distracción para los de abajo. Ahora que el pan parece peligrar, necesitamos elementos que nos permitan una evasión barata y frugal que, además, tenga el poder social de apartar de las primeras planas las peores noticias económicas. El fútbol es lo suficientemente insustancial y patriotero como para vencer al cine, potenciar la tele y fomentar un poco más la incultura.

Un partido de fútbol dura una hora y media, dos si contamos descanso y prolegómenos. Aun así, las distribuidoras del cine han decidido retrasar sus productos más comerciales. Hoy en día, gracias al peso de internet, tuiteos, chats, móviles, etc. un partido de fútbol dura todo un día, toda una semana, toda la vida. Con la gran ventaja de que ahora cualquiera puede publicar su opinión, aunque nadie vaya a leerla ni vaya a leer la de los demás.

El principal problema que rodea todo este asunto tiene que ver con que el mundo de hoy se basa en la posibilidad de que todos nos creamos líderes de opinión, aunque sea expresada en menos de 140 caracteres; la frase soñada que quizás no lea nadie, por muy lúcida que sea.

Esto provoca que, si antiguamente existían dos o tres personas de especial prestigio que tenían un fuerte peso en la opinión pública, que con su excelencia podían influir, enojar o, cuando menos, empujar a la reflexión, ahora, por el contrario, el mundo entero puede decir lo que piensa, millones de opiniones que, paralelas, se superponen para que, a lo mejor –a no ser que uno sea Justin Bieber, Lady Gaga u otros eminentes filósofos– las lean dos o tres personas cualesquiera.

Si muchos nos advierten de la falta de liderazgo político que afecta a Occidente, no podemos olvidar la ausencia de personas sobresalientes que antiguamente eran calificadas como sabias. Los que sobreviven, como Mario Vargas Llosa, hace tiempo que entraron en la senectud, lo que perjudica su prestigio en este mundo que temerariamente valora la juventud, su inexperiencia y su propensión al error. Ciertamente, en un mundo donde se privilegia la brevedad sobre la hondura, lo nimio sobre la enjundia, es mejor difuminar las buenas ideas en un marasmo de chorradas anónimas disfrazadas de libertad de expresión y triunfo de la democracia.

Pero, en definitiva, no es más que el fracaso absoluto de un sistema. Todos podemos opinar. Eso es bueno. Pero sin una jerarquía que parta de la sociedad y establezca diferencias entre las opiniones de unos y otros, tan solo estamos ante el triunfo de la ignorancia. Hasta el punto de que las compañías relacionadas con el cine tiemblen ante el poder del fútbol, el adormecimiento de las masas, la supremacía de la masa indolente y dormida.

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