Mitos de veras XXXV: Scarlett Johansson

Es imposible definir con palabras qué se necesita para ser una estrella. Solo sabemos que, cuando una aparece en pantalla, se detiene el mundo. Como, por ejemplo, Clark Gable sonriendo, Marilyn caminando, Humphrey Bogart fumando o Scarlett Johansson, en “Match Point”, encendiendo seductora un cigarro ante la mirada de Jonathan Rhys Meyers.

Hija de danés y judía, Johansson comenzó a actuar en el colegio. Bellísima, su entorno familiar y sus estudios de interpretación la ayudaron en sus primeros pasos. Sus apariciones en “El hombre que susurraba a los caballos” y “El hombre que nunca estuvo allí” atrajeron la mirada de la crítica, pero aún le faltaba para convertirse en un icono popular con aires de sex symbol de los 50.

En 2003 su estrella surgió imparable. Primero, gracias a “Lost in translation”, donde encarnó a una vulnerable recién casada que, en el fragor de un Tokyo hostil, encontraba un amor imposible en un viejo actor. Y segundo, gracias a convertir la más mínima sugerencia en una explosión de erotismo en la inmejorable “La joven de la perla”. Casi sin quererlo, se zampaba de un bocado a sus compañeros de reparto Bill Murray y Colin Firth.

Pero fue Woody Allen, al vestirla de blanco y fotografiarla con mimo, quien la convirtió en una de las mujeres más sexys del siglo. Tras “Match Point” su rostro tornó en tremendamente popular, icono del nuevo Hollywood. Paradójicamente, sus grandes éxitos no pertenecían a las grandes corrientes comerciales.

Y entonces, sin paradoja alguna, a partir de ahí, de su enorme fama, su filmografía comenzó a perder enteros. Alcanzado el parnaso, no encontró papeles a la altura de una actriz tan capacitada como bella, a pesar –o quizás gracias a– de su ligero estrabismo y su patosa manera de andar.

Después de su primer filme con Woody Allen, tan solo sus apariciones en “Iron Man 2” y “Los vengadores” se encuentran a la altura de su fama. Quizás porque Hollywood ya no sabe cómo explotar sus grandes valores, quizás porque está mal aconsejada, quizás porque no le apetece, lo cierto es que su nombre no es motivo suficiente para ir al cine. Y, de ahí la inefabilidad del concepto, nadie puede dudar de que es una auténtica estrella, un mito de la gran pantalla.