Loa a los Bee Gees

En 1967 los hermanos Barry y Robin Gibb escribieron “To love somebody”, en principio para que la cantase Otis Redding. Tan bien les quedó que decidieron grabarla y lanzar un single que se convirtió en un éxito inmediato. “To love somebody”, bellísima, es una de las canciones de las que más versiones se han hecho, destacando las de Janis Joplin, Nina Simone, Joe Cocker, The Animals, Rod Stewart o Bonnie Tyler. Irónicamente, Redding nunca pudo grabarla porque se mató en una accidente de avión.

Robin Gibb acaba de morir de cáncer. En 2003 murió Maurice, el tercer hermano. De aquel mágico trío, quizás el mejor grupo vocal de la historia del pop, ya solo queda Barry, el más famoso por su atractivo físico y su falsete. En cualquier caso, los Bee Gees, los hermanos Gibb, son una de las piezas fundamentales del boom del mercado discográfico de los años 60 y 70.

Curiosamente, la fama que acompaña a la leyenda de los Bee Gees es la de su segunda eclosión. A mediados de los 70 vieron cómo Atlantic les rechazaba un LP. Entonces, medio perdidos, comenzaron a coquetear con la música disco, con la que lograron grandes éxitos: “Jive talkin” o “You should be dancing”. Nada comparado con la banda sonora de “Fiebre del sábado noche”, una de las más vendidas de la historia. La capacidad rítmica de los Gibb, junto al carisma de John Travolta, consiguieron que “Stayin´alive”, “Night Fever” y “How deep is your love” fueran tres números uno consecutivos.

Éxito que se vio corroborado con tres canciones del siguiente LP, “Too much heaven”, “Tragedy” y “Love you inside out”, que también llegaron a los más alto de las listas de éxitos. Así, aunque dos de esas canciones sean baladas, los Bee Gees se convirtieron en emblema de la música disco, inmediatamente repudiada por artificial, facilona y estomagante. Los Bee Gees dejaron de ser un magnífico trío coral para ser reconocidos por los efectos electrónicos y el falsete de Barry que, empero, no nació hasta 1975, cuando lo utilizó por primera vez, de manera ocasional, en “Nights on Broadway”.

Así, como por un hechizo de magia negra, se perdió en el olvido de la fofa sociedad universal lo mejor de los Bee Gees, su primera eclosión, la que siguió al lanzamiento de “To love somebody”. Aquella de puro pop donde los tres hermanos, en celestial armonía de tres voces impecablemente compenetradas, rozaban la perfección en canciones como “Massachusetts”, “Words”, “I´ve gotta a message to you” o “I started a joke”. Eran los finales de los 60, y los Gibb competían de tú a tú con Beatles, Rolling Stones, Beach Boys, Who y demás leyendas de la época. Cuando el sonido del rock se iba haciendo más áspero, estos oriundos de la Isla de Man conseguían que el mundo se detuviese a escuchar sus preciosas baladas de delicada vocalización y espléndido lirismo.

Robin Gibb ha muerto. Un viejo músico más que se queda en el camino. Quizás su muerte sirva para algo más que para rescatar la brillantez un tanto hortera de los Bee Gees de los 70. Porque este grupo, como la música pop-rock en general, alcanzó su cenit a finales de los 60, aquella época mágica en la que, mientras hacían el memo en París, Hendrix, Page y Townshend quemaban guitarras, Lennon aullaba por la paz, Joplin desgarraba almas con su voz desgarrada, Ray Davies rompía convenciones con “Lola” y Simon nadaba sobre aguas turbulentas. En aquel momento, los Gibb, ni por éxito ni por calidad, andaban a la zaga de nadie. Aunque ahora tan solo sean un grupo disco.

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