Huelga de fin de curso

Stefan Zweig, al recordar sus tiempos escolares, escribió que “nuestra capacidad de entusiasmo no tenía límite: durante las horas de clase, yendo o volviendo de la escuela, en el café, en el teatro, durante los paseos, nosotros, mozalbetes de bigote incipiente, no hacíamos más que hablar acerca de libros, cuadros, música y filosofía”. ¡Benditos tiempos en los que el espíritu social empujaba a querer saber más aunque el sistema educativo, como decía Baroja, fuese completamente laminador! Entonces, en lugar de un castigo, el conocimiento era un privilegio, un placer, un objetivo vital.

Don Manuel Sacristán, ilustre maestro al borde la jubilación aunque, a sus casi 65 años, se encuentre en plenitud docente, opina que en la educación, hoy en día, después de Semana Santa todo son zarandajas. Entre excursiones, graduaciones, orlas, puentes, festivos, visitas, charlas… todo se reduce a un largo intervalo de actividades lúdico-festivas que, inopinadamente, preceden al crucial mes de junio y sus exámenes que, quizás por eso, ya no son demasiado exigentes en casi ningún lugar de la Península.

Estamos a pocas semanas de Selectividad, de los exámenes finales de universidades, institutos y escuelas, y, no obstante, ayer, en casi todas las comunidades autónomas, tuvo lugar una huelga general en la educación, malcelebrada por profesores, alumnos, incluso padres. Cuando la lógica invita al último esfuerzo, a perseverar para conseguir los mejores resultados, al estudio consciente y denodado para aprender y sacar excelentes calificaciones, se cesaron todas las actividades en el ámbito de la educación pública. Lindo ejemplo.

A la educación española se la lleva décadas dando por… He escrito en innumerables ocasiones el clima de indolencia, molicie intelectual y dejadez que impera en nuestras aulas. Aprender, dar clase, estudiar, casi se ve como un castigo, situación a la que ayuda la actual sociedad del perezoso bienestar donde todo lo que signifique esfuerzo queda fuera de lo deseable. El rigor, el respeto, la exigencia o la excelencia han desaparecido de nuestro sistema educativo. Motivos más que suficientes para protestar todo lo protestable.

Han tenido, empero, que llegar drásticos recortes a la educación pública para que profesores y estudiantes se echen a la calle… en día lectivo, por supuesto. Que se corte el gasto en educación es indignante si eso perturba y devalúa, aún más, el nivel de la enseñanza. Así, en el fondo del asunto, simpatizo con la protesta.

Pero cuando un estudiante hace huelga significa que, por un día, deja de aprender, como si eso fuese algo malo. Si un profesor hace huelga no cumple con el sagrado deber que implica el tener bajo su tutela a un grupo de jóvenes a los que educar. Una huelga en educación es algo absurdo porque perjudica, antes que a nadie, a los propios involucrados en el proceso educativo. Algo que no tendría sentido en una sociedad amante del conocimiento, de la inquietud intelectual, del mejoramiento personal a partir del cultivo de las potencias cerebrales.

Así, esta huelga del 22 de mayo es tan solo una zarandaja más que añadir a la larga lista que sucede al eterno periodo vacacional de Semana Santa. Si Zweig, Baroja, Rousseau, Platón… levantasen la cabeza, cerrarían inmediatamente los ojos ante tan horrísona visión: los estudiantes, para protestar, dejan de estudiar y los profesores, para reclamar sus derechos, no cumplen con sus deberes. Algo completamente inconcebible para las mentes de aquellos que pensaban que en el saber estaba la solución a nuestros males. Pero, ahora, en España, en casi todo Occidente, se considera que cualquier trabajo, incluso el que tiene que ver con el mejoramiento personal, con la formación de los futuros ciudadanos, es una especie de castigo divino. Algo completamente inmoral si en nuestra sociedad sobreviviese algún principio.